jueves, 14 de junio de 2007

RELIGIOSIDAD DE FRANCISCO JAVIER D ELA ROSA

FRANCISCO JAVIER DE LA ROSA.
Algunas notas sobre su religiosidad.


Introducción


Al conmemorarse 225 años de los inicios de la Capilla puesta bajo la advocación de Guadalupe, queremos detenernos de un modo especial en la figura de uno de los protagonistas mas destacados en esta obra y en la difusión entre nosotros del culto guadalupano.

Nos referimos a Francisco Javier de la Rosa, un bautizado que trató de vivir la radicalidad del Evangelio en soledad y retiro penitente y que paradojalmente dió origen a un culto religioso que congrega desde hace dos siglos a multitud de hombres y mujeres sin ningún tipo de distinción.

Guadalupe constituye para la identidad santafesina un hito fundamental tanto en lo religioso como en lo social y en este entramado emerge con singularidad la personalidad de Francisco Javier de la Rosa a quién -a pesar del misterio que rodea su existencia- no pocos han tratado de aproximarse.

Desde la precursora obra de Ramón Lassaga sobre Guadalupe y la de sus continuadores los Pbros. Ángel Martegani y Alfonso Durán en que se lo relaciona con la capilla y el origen del culto aunque lamentablemente al margen de toda fuente documental, se abocaron a su persona y trataron de llenar aquella laguna José Carmelo Busaniche (‘Francisco Javier, el ermitaño’, 1955), María Betania Caila (‘Francisco Javier de la Rosa’, 1969), el padre Guillermo Furlong sj en su obra ‘Historia social y cultural’, Ernesto Lopez Rosas (‘La capilla del ermitaño’, 1985), el padre Rafael Rossi (‘Acerca de Francisco Javier de la Rosa’, 1993; Marisa Hinstermeiter (‘ ‘Francisco Javier de la Rosa. Un ermitaño laico’, 1992, De Málaga a Santa Fe’, 1996 –y ‘Sobre la identidad de Francisco Javier de la Rosa’, 2000 entre otros) y Gustavo Vittori (‘Javier de la Rosa, ermitaño y creador’, 2000)


Una aproximación a su filiación

La primer referencia que hemos encontrado respecto a Francisco Javier de la Rosa tiene que ver con el informe de soltura del que creemos es su padre: Juan de la Rosa quien en el año 1719 pretende casarse con Felipa Vázquez.

Juan de la Rosa declara ser natural de Corrientes aunque luego se corrige y señala que del Paraguay, hijo del capitán Bartolomé y Catalina de Burgos y residente en Santa Fe(1).

De el matrimonio contraído, hacia 1722 nace Francisco Javier, quien fuera bautizado de necesidad en su casa y recién oleado y crismado el 19 de setiembre de 1728 cuando contaba seis años de edad, siendo sus padrinos Vicente López y Juana Núñez (2).

Hace algunos años, Marisa Hinstermeister propuso como hipótesis que Francisco Javier de la Rosa podría ser Francisco Javier Lensinas, cuya madre se apellidaba de la Rosa y desarrolla una serie de interesantes argumentos aunque sin llegar a una conclusión definitiva, por lo cual por ahora seguimos considerando al hijo de Juan y Felípa Vázquez o Melgarejo, como el ermitaño(3).

En torno a la tradición oral recogida por el Pbro. Joaquín García de la Vega en la primera década del siglo XX, mientras María Antonia Godoy y del Barco afirma que nació y se crió en Santa Fe, mas precisamente en el lugar conocido como ‘La cuadra’, su hermana Benita sostiene que nació en el Paraguay, que vivió en San Juan de Cuyo y vino a Santa Fe para levantar el oratorio de Las Mercedes (4).

Sobre este lugar ‘La cuadra’ que a veces se lo ha presentado como perteneciente a Domingo Crespo, hay que decir que era propiedad de los de la Rosa, ya que en 1830 Rosalía Díaz, viuda de de la Rosa vende unas cuerdas de tierra situada en dicho lugar al citado Crespo (5).

A partir de entonces y hasta 1775 los datos sobre su vida son bastante inciertos, ya que a la falta de documentación se le agregan las confusiones suscitadas en virtud de la tradición oral.

Así nos encontramos en 1756 con que Francisco Aquino y Norberto Valle son apadrinados por un Francisco de la Rosa cuando el Obispo Cayetano Marcellano y Agramont administra confirmaciones en Santa Fe, pero no podemos tener seguridad que sea él ya que también por entonces vivía en Santa Fe Francisco Martinez de la Rosa (6) y en 1759 que en un listado de vecinos del Pago de Ascochingas, inmediatamente después de don Juan González de Setúbal aparece un frai Xavier (7) lo cual resulta llamativo ya que no había religiosos instalados en la comarca pero a la par hay que decir que aún no había tomado oficialmente habito de la Venerable Tercera Orden (8) , salvo que acostumbrase a vestir sayal franciscano como parece era una práctica bastante extendida en Santa Fe y que el Obispo Malvar y Pinto va a reprobar en 1779 (9).

En 1775 escribe ‘Soledades de la vida y retiro penitente por amor a la virtud y menosprecio del mundo’ donde se refleja la opción de vida retirada por la que se había encaminado; el 4 de octubre de 1779 inicia los trabajos de la capilla de Guadalupe (10); recomienda a Juan Ventura Díaz como ‘colector’ de fondos para la obra(11) y todavía en 1781 se encuentra abocado a la finalización de la obra colocando las baldosas (12).

Mientras tanto oficializa su pertenencia a la Venerable Tercera Orden entre los años 1780-81 y en este último también lo encontramos bautizando por necesidad a la hija de su homónimo Francisco Javier de la Rosa, nacido en 1743 en el seno de la familia de Carlos y María Rosa Gonzalez de Setúbal (13).

Para esta época ya se le conoce con el alias con que pasará a la historia: ‘el ermitaño’ y así lo recordaría casi nueve décadas después Urbano de Iriondo quién declara en 1869 que la capilla fue trabajada por un Señor Setubar conocido por el ermitaño (14).

Posiblemente en el año 1782 se le hayan encomendado algunos trabajos para la Venerable Tercera Orden como pintar o dorar algún cuadro o imagen (15) y entre el 1ro de julio de 1785 y el 16 de marzo de 1786 se abocará a la fundición de una campana para el convento de Santa Ana de los padres franciscanos, que se conoce como ‘la carachosa’ (16).

El año 1787 será de alegría y dolor para Francisco Javier de la Rosa, ya que si por una parte tiene la posibilidad de adquirir dos obras relacionadas con el culto a la Virgen de Guadalupe para que sirviese de guía a los predicadores que asistían a la Capilla, por la otra se ve comprometido en un episodio policial ya que según relata el padre Furlong ‘un negro le pidió que le guardara una bolsa de tabaco, pero apenas estuvo ella en su poder, el alguacil de Santa Fe lo apresó por favorecer a los contrabandistas’(17).

El padre Furlong refiere una serie de testimonios que se volcaron a favor del ermitaño –incluyendo a los jesuitas que para entonces ya estaban expulsos- pero no señala la fuente, aunque lo cierto es que en la documentación judicial obrante en el Archivo Etnográfico solo aparece la realización del decomiso de tabaco llevado a cabo en la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe y el arresto de Francisco Javier de la Rosa en lo que fue el Colegio de los Jesuitas(18), en una de cuyas dependencias funcionaba la cárcel.

Según el historiador jesuita los testimonios en su favor fueron tan convincentes que recuperó enseguida en libertad.


A partir de entonces su figura ingresa nuevamente en un cono de sombras y la tradición oral recogida por Lassaga indica que en 1794 parte hacia Curuzú Cuatía a fundir unas campanas para la iglesia del lugar o ayudar a su reconstrucción según Furlong (19) lo cual es discutible ya que esa población se funda recién en 1811 en tanto María Antonia Godoy y del Barco señala que el destino de su viaje era Asunción donde tenía un hermano y que murió de una fiebre maligna –y aquí se expresa confusamente- en Asunción o en Curuzú Cuatía (20).

Consideramos de todos modos que 1794 puede ser el año de su fallecimiento en un lugar para nosotros todavía ignoto ya que en la iglesia de San Francisco se cantan y se rezan en su favor varias misas (13 en total) en virtud de trabajos realizados, aunque podría suponerse que el mismo Francisco Javier de la Rosa hubiese dispuesto que se lo hiciese tras su muerte.


A partir de entonces se pierde todo rastro oral o documental de su persona.

Sobre su fisonomía nos ha quedado el ‘autorretrato’ que tuvo a bien reproducir Ana Galán de Coll y los recuerdos de María Antonia Godoy y del Barco –que bién pueden fundarse en dicha pintura- quien señala que era garboso, delgado, ojos pardos, nariz aguileña, nariz de rey (21) y sus escritos nos lo muestran como un hombre de lectura frecuente al menos de textos piadosos (22), que poseía su pequeña biblioteca: ‘... unas alacenas donde ponía sus libros’(23) y que había instruido en las primeras letras a algunos alumnos particulares (24.).

Acerca de su parentesco con los Gonzalez Setúbal de nuevo emergen las confusiones ya que Lassaga lo coloca como sobrino de María Rosa Reyes viuda de Juan Gonzalez de Setúbal –aunque no la nombra- quien lo convoca para reconstruir la capilla que estaba situada en la heredad de su esposo pero que el ermitaño le solicita una fracción cincuenta varas mas al sur lo cual le fue concedido.

Si bien esto es así, dicha fracción pertenece a la hermana del difunto María Rosa Gonzalez de Setúbal viuda de Carlos Rosa quién la poseía desde 1764 por la muerte de su padre.

Por otra parte no parece haber ligazón directa –salvo el apellido- entre este Carlos Rosa –quien tendrá como ya vimos un hijo también llamado Francisco Javier lo cual es bastante común en aquel tiempo- y el que suponemos padre de nuestro Francisco Javier y en 1865 de Iriondo habla del ‘ermitaño’ como perteneciente a la familia Setúbal.


El espíritu de soledad y penitencia como núcleo de su espiritualidad

Cuando Francisco Javier de la Rosa escribe ‘Soledades de la vida y retiro penitente por amor a la virtud y menosprecio del Mundo’ en el año 1775 ya había ingresado en la madurez –contaba 55 años- y creemos había realizado un largo camino en su vida espiritual.

Su opción por la vida retirada venía de antes –aunque no podamos precisar la cantidad de tiempo- ya que comienza su escrito señalando que retirado en su soledad tomó la pluma para evitar el ocio y considerando el ejemplo penitente de aquellos que enderezaron su vida a Dios –a pesar de sus múltiples pecados- animar su propia vida y también la de los demás.

Así señala respecto de su persona: ‘... parecióme que a la vista de tantos ejemplos me esforzaría y alentaría mas en el camino comenzado...’ ( 25) y casi al final, ante el argumento de que los recordados eran santos y por eso pudieron vivir tal estilo de vida, precisa: ‘... vean los nobles, los ricos y las cabezas que cuanto más altos, deben ser los primeros en el ejemplo...’(26).

Para el ermitaño el camino de la perfección que lleva al encuentro con Dios pasa por la vida penitente en el cual todos debemos ejercitarnos

‘Tomad pues el camino real y seguro, esto es el de la penitencia, ayunos, lágrimas; éste es Amado de convertiros que nos enseña, y nos enseña, y nos repite Dios en la Escritura. Pecó el alma, pecó el cuerpo, pecaron los sentidos, prepárense pues todos ellos para el dolor, y penitencias’ ( 27).

Y agrega mas adelante:

‘... apenas se encuentra en la Sagrada Escritura conversión alguna que no le acompañe la penitencia, el desprecio del mundo, y el llanto del dolor de haber ofendido a la Suma Bondad’( 28).

Junto a los profetas y a Juan el Bautista, propone el ejemplo de Cristo y de los demás santos como guía para el espíritu penitente ya que es necesario ‘... que andemos por la misma huella, esto es por el camino que nos dejó Jesucristo señalado con sus mismos pasos, marcado con sus trabajo, marcado con sus tormentos y afrentas’ (29), constituyendo este capítulo la clave de toda la obra y la expresión más acabada de su sentir.

Los modelos propuestos a la meditación e imitación son en su mayoría eremitas y anacoretas que vivieron en los primeros siglos del cristianismo o cuando ya se comenzó a ‘resfriar’ el cristianismo –para usar una expresión suya (30) especialmente tras la conversión de Constantino.

Las penitencias realizadas por estos y los milagros obrados con los que Francisco Javier nos ilustra no están exentos de leyenda y son incomprensibles para nuestra mentalidad, pero el ermitaño el ermitaño apunta a la razón de los mismos señalando:

‘No hay duda de que muchas de las penitencias que hicieron estos Santos, son mas para admirarlas que para imitarlas; mas tampoco hay duda que aquellos las hicieron para asegurar más y más su salvación que tanto les importaba’ (31).

El retiro del mundo para de la Rosa no significa aislarse del mismo o ni tampoco se inscribe en la radicalidad de una buena parte de los que recuerda, ya que en su misma vida lo descubrimos inserto en el mundo y a la par evitando la mundanidad.

Precisamente para hablar de lo que ha costado a los santos alcanzar el Reinos de los Cielos utiliza un ejemplo de la vida cotidiana accesible a la mayoría: ‘Cuando estáis en una tienda para vender algún género especial de la Europa, y el comprador os ofrece un precio muy bajo, soléis decir, y no sin razón: eso es hacer burla, ¡como se lo he de dar a ese precio cuando a mí me ha costado el doble y a todos cuantos le han comprado les ha costado lo mismo!’ (32).

Como bien dice el padre Rafael Rossi op, ‘su soledad fue fecunda en oración, trabajo y predicación. Amaba su soledad, no por ser hosco ni huraño, sino que, como varón evangélico, en permanente centinela espera a su Señor para abrirle apenas llame’ (33).

En esta misma línea hay que entender aquellos versos colocados al ingreso de su humilde aposento: ‘En balde no la he entornado,/ no te canses de golpear,/ que estando desocupado,/ abierta la habéis de hallar’(34).

Nos arriesgamos a decir que su eremitismo está ligado no al monaquismo sino más bien al franciscanismo nacido como ‘hermanos y hermanas de la Penitencia’ donde la soledad eremítica es mas que un mero adorno romántico.

Nos parece interesante e iluminador –dado que en nuestra región no hubo experiencias contemplativas de fuste- lo que fray Oscar Castillo Barros señala respecto al sentido de soledad entre los seguidores del ‘poverello’ sean estos sacerdotes o laicos:

‘Este queda siempre abierto al mundo, reconociendo a la vez la necesidad de man tener una cierta distancia y perspectiva, una libertad que ayuda a no quedar sumergido en preocupaciones activas o devorado por las exigencias de un trabajo agotador.
El don de la soledad anacorética con Dios se ordena a recobrar el yo más profundo, ya la renovación de una autenticidad que es distorsionada por las rutinas pretenciosas de un sentir de grupo desordenada. La actitud eremítica conduce al propio yo a ser persona que puede entregarse porque tiene un yo para dar, pues no podemos dar a Cristo si no lo hemos encontrado. Y no podemos encontrarlo si no podemos encontrarnos a nosotros mismos’ (35).

Previamente había señalado que ‘de la soledad con Dios se retorna a los hombres con una más perfecta caridad y un mensaje de esperanza más convincente’ y coloca como ejemplo a Santa Rosa de Lima, la cual es también recordada por Francisco Javier de la Rosa quien anota que para salvarse, Nuestra Patrona de las Indias vivió en un continúo retiro para huir de las ocasiones (36).

La elaboración de su trabajo presupone la lectura de diversos autores a los cuales va citando a lo largo de su manuscrito y que sin lugar a dudas pudo consultar en las bibliotecas de los jesuitas o franciscanos.

Lamentablemente la primera se fue desperdigando tras la expulsión de la Compañía en 1767 y la segunda hace algún tiempo fue traslada a la llamada Biblioteca provincial que la orden franciscana posee en San Antonio de Padua, provincia de Buenos Aires en la cual parece ser que se ingresaron los libros de cada convento pero no se mantuvo para su ubicación el lugar de procedencia.

Consultado el bibliotecario de esta última sobre la existencia de los libros que cita el ermitaño nos responde que los mismos están en su casi totalidad, aunque ignora si los mismos proceden de Santa Fe.

Uno de las obras citadas mas profusamente es la ‘Flos Sanctorum’ (37) cuyo autor es Alonso de Villegas y que lleva como título ‘Flos sanctorum y historia general en que se escribe la vida de la Virgen Sacratísima y de los santos antiguos puesto en estilo grave por, y compendioso por el licenciado Alonso de Villegas’.

Esta obra que tuvo una gran difusión siendo reeditada muchas veces aparece en casi todas las bibliotecas del siglo XVIII al margen de la importancia de las mismas, y en ella el tema hagiográfico a la par que proponía modelos concretos a imitar tenía la singularidad de transformar la palabra en imagen, por lo cual el relato ilustrado se hacía asequible a un público poco culto (38).

Otro autor que aparece citado en varias oportunidades es Pablo Minguet con su ‘Diario Sagrado y Calendario General’ y fray Luis de Granada cuando se refiere a San Juan Clímaco. Este último –hombre de excepcionales virtudes morales y dotes intelectuales- es uno de los grandes renovadores espirituales del mundo hispánico del siglo XVI (39) y de la Rosa considera que tanto la obra de San Juan Clímaco como la de fray Luis cuando aborda la ‘scala paradisii’ son maravillosas (40).

También aparece citado Santo Tomás de Aquino con su ‘Catena Aurea’, Ribadeneyra que escribió diversos tratados espirituales y de hagiografía, el Martirologio Romano y otros autores y obras – Surio, el Breviario de Burgos, la Vita P:P: Orientales, la Historia Eclesiástica de Nicéforo Calixto, Hugo Floriansense, Bendito Coron- aunque no podemos precisar si los ha leído o recoge especialmente a Villegas o a otros autores como San Vicente Ferrer (‘Sermones’, 1694) o lo que podríamos denominar una novedad bibliográfica ya que había sido impreso en 1770, los ‘Sermones panegíricos’ de Antonio Andrés (41).


Terciario Franciscano

Si a lo que hemos señalado al hablar del sentido de soledad y penitencia en Francisco Javier de la Rosa que lo emparenta más con la tradición franciscana que la monacal, le sumamos su proverbial pobreza que es otra de las notas características de esta espiritualidad, su pertenencia a la Venerable Tercera Orden nos parece una consecuencia natural.

Creemos que la figura de San Francisco de Asís ocupaba un lugar fundamental en su imaginario religioso ya que si bien no lo trata en ‘Soledades....’, lo cita al pasar como ‘N:P.S. Francisco’ (42) y lo que es mas importante, en la festividad del ‘poverello’ comienza los trabajos de su obra mas importante: la capilla de Guadalupe.

Por otra parte no pocos miembros de la familia Gonzalez Setúbal a la que estaba ligado habían profesado en la Tercera Orden (entre ellos María Rosa Gonzalez Setúbal-1721-, Carlos de la Rosa - 1722- y Juan Gonzalez de Setúbal -1735-) y aunque mas tarde y en más amplio número lo hagan en la Cofradía de Nuestra Señora de la Merced (43) se puede hablar de un ambiente que favorecía tal decisión.

Esta institución laical nace de la obra emprendida por San Francisco en 1221 y aprobada por el Papa Honorio III y muchos de los pontífices que le sucedieron, incluso uno de ellos, Benedicto XIII en 1725 manifestó que explícitamente constituía una verdadera Orden con mandatos aprobados por la Sede Apostólica, noviciado y habito de color y forma determinados (44) y llega a nuestras tierras de la mano de la orden franciscana que será la primera comunidad religiosa que se asienta en Santa Fe.

Si bien el primer libro que registra las recepciones y profesiones de los hermanos comienza en el año 1733 no debe tomarse este año como el del inicio, ya que en dicho libro se pasan en limpio los nombres de los hermanos y hermanas que estaban asentados en uno de mas antigua data (45).

El ingreso a la Tercera orden implicaba un tiempo de noviciado y antes de la recepción el candidato debía ser examinado en la fe católica y en la obediencia a la Iglesia.

Una vez admitidos debían participar de las actividades de la Orden como por ejemplo pedir limosna, una vez al mes participar de la procesión del cordón y asistir a la misa, rezar la corona de Nuestra Señora y ejercitarse en prácticas de oración y penitencia que en algunos casos implica ayunar todos los viernes del año salvo enfermedad o embarazo.

La vida cotidiana estaba impregnada por la regla que mandaba rezar en las comidas, que al igual que las bebidas debían ser moderadas, acompañar a los enfermos, asistir a los enterramientos de los co-hermanos y otras practicas de caridad, como así también la enseñanza de la doctrina cristiana. Además debían asistir diariamente a la Misa y rezar las horas canónicas. (46).

Hechas estas breves aclaraciones debemos señalar que con fecha 16 de abril de 1780 – cuando se encontraba empeñado en la edificación de la capilla- de la Rosa toma habito descubierto en la Venerable tercera Orden de manos de fray Francisco Gutierrez, por entonces comisario visitador (47) y al año siguiente profesa como hermano .

En el año 1782 se lo exime con fecha 13 de setiembre de pagar la luminaria anual que era exigible a todo terciario (48) y constituía un tema relevante en la vida de la Tercera Orden ya que estaba en relación con el compromiso que esta asumía con los miembros de solventar los gastos que demandaban sus sepulturas y sufragios.
Tal exención pone de manifiesto no solo su opción voluntaria por la pobreza sino la falta de recursos pecuniarios para afrontar estos gastos y la Tercera Orden le impondrá como contraprestación la realización de algunos trabajos.

No abundamos aquí en los trabajos realizados para el Convento de Santa Ana y su iglesia y simplemente recordamos que en 1794 se celebran Misas en su memoria.


La devoción guadalupana

Una de las características de la religiosidad santafesina desde los mismos orígenes de la ciudad ha sido la profunda devoción a María que formaba parte del acervo espiritual de los fundadores y que se realzaba por la difusión que de sus advocaciones protectoras llevaban a cabo las ordenes religiosas, a lo que debemos agregar el ‘Milagro’ de 1636 en la iglesia de la Compañía, la liberación de la langosta por intercesión de ‘Nuestra Sra de la Merced’ en 1650 o la preservación de la ciudad en 1655 ante el avance calchaquí por intercesión de la ‘Pura y Limpia Concepción’ (49).

Sin embargo, la advocación que con el tiempo se ganará el corazón de las diversas generaciones de santafesinos, sería aquella que humilde y sencilla iría creciendo a orillas de la laguna, llamada de Setúbal.

Y si los orígenes de la misma se mezclan y confunden con la vida del ermitaño, también la envuelve el mismo misterio que aquel ya que sobre las fuentes documentales ha prevalecido la tradición legendaria.

Mientras que Lassaga narra que un fraile mercedario –el padre Miguel Sánchez- encuentra una pequeña estampa de la Virgen en su aparición de Guadalupe, que deseoso de llevarla al oratorio de los Gonzalez Setúbal donde oficiaba Misa, sale a buscar un marco para la misma y que apenas traspasa el umbral del convento se topa con una mujer desconocida que le ofrece lo que busca y que se ajusta a las medidas de la misma (50) María Antonia Godoy y del Barco relata que dicho padre mercedario encontró la estampa en un misal ya que el ermitaño le había solicitado una y pasando por el convento se la entrega, saliendo este de inmediato a localizar un marco y apenas traspuestas las puertas del mismo una señora muy agraciada y pobremente vestida le ofrece lo que busca (51).

Frente a esto se abren no pocos interrogantes ya que si bien es cierto que en la orden mercedaria existieron un padre Miguel Sánchez Moreno y otro Manuel Sánchez, los mismos no tuvieron una relación estrecha con Santa Fe, aunque si el primero de manera esporádica. Por otra parte es llamativo lo que podríamos denominar el ‘silencio mercedario’, máxime cuando la misma permaneció hasta 1848 cuando la devoción a la estampa estaba bastante enraizada.

En 1938, el Pbro Alfonso Durán salía al paso de esta y otras objeciones, señalando:‘Mas de una vez hemos oído decir, que respecto a la Virgen de Guadalupe de Santa Fe, todo era tradición sin que existiera la base histórica que esta tradición necesita’ respondiendo que estos no hacía falta dada la credibilidad de los informantes, cuyos padres ‘... han sido testigos, y a veces amigos de los protagonistas...’(52).

Entrando a la construcción de la capilla, cuyo aniversario 225 estamos recordando, una primera afirmación que me parece pertinente es que la obra no fue exclusiva de Francisco Javier de la Rosa, como un acto de pura devoción individual, sino un verdadero hecho eclesial.

Tal afirmación no cuestiona la centralidad de la figura del ermitaño en este proceso, pero si nos parece importante recordar que hubo otros activos protagonistas sin cuya colaboración le hubiese resultado harto difícil llevar a buen término su anhelo, los cuales quedaron relegados al olvido en virtud de la ligazón que la tradición popular hace entre el Santuario y Francisco Javier de la Rosa y por el desconocimiento o falta de valoración de la documentación existente.

Debemos señalar que más allá de los deseos de los miembros de la familia Setúbal de reconstruir el antiguo oratorio en su lugar primitivo que pertenecía al fallecido en pobreza Juan Gonzalez de Setúbal o el de construir uno nuevo en el solar de su hermana María Rosa, viuda de de la Rosa –como al final se hizo-, con fecha 15 de junio de 1779 el Obispo de Buenos Aires, Sebastián Malvar y Pinto confirmaba la elección como Mayordomo de Fábrica de la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe que había recaído en José Uriarte (53).

Pocos días después el Obispo autorizaba al vecino Juan Ventura Diaz para que recogiese limosnas en toda la jurisdicción de la extensa Diócesis de Buenos Aires para ‘... la reedificación de la iglesia vulgarmente llamada de Nuestra Señora de Ugán título de Guadalupe’ (54) y ya con fecha 18 de mayo de 1780, cuando ya la obra estaba en marcha el Notario Eclesiástico de Santa Fe, Francisco Pardo, certifica que el ‘colector’ había entregado limosna fruto de lo recaudado para la fábrica y construcción de la capilla (55).

Dos años mas tarde, el Pbro Francisco Antonio Vera y Mugica certifica que Diaz ha realizado su ministerio con diligencia y corrección conduciendo a Santa Fe el producto recogido en especie de yerba, leño y algodón, lo que ha permitido continuar la obra que estaba detenida por falta de fondos (56).

Mientras tanto, José Uriarte había testado la cantidad de ‘... un mil pesos a Nuestra Señora de Guadalupe, que se venera en su capilla nombrada de Setúbal...’(57).

Estos datos matizan sin dudas lo que sostiene Lassaga cuando recuerda:

‘A su familia, á sus amigos, á la caridad pública implorada de puerta en puerta, todo puso a contribución el Ermitaño para realizar con esa obra piadosa sus aspiraciones religiosas’(58).

Hechas estas consideraciones sobre el financiamiento de la obra nos abocaremos a lo tocante a su construcción, la cual quiso el ermitaño que fuera en cuanto a su ubicación remedo del Santuario mexicano situado a una legua de la entonces capital azteca. Al respecto testimoniaba Luis Florentino Godoy que para lograr este propósito midió desde lo que en algún momento se denominó ‘Plaza de las carretas’ cuarenta ‘suertes de chacras’ o cuadras al Norte (59). El Pbro Vera y Mugica en 1781 señala que la capilla de marras está distante como legua y media de la ciudad (60).

Otra expresión de su emparentamiento con la aparición mexicana, aparece en una de las baldosas en la que se leía: ‘Hijo Juan Diego –le dice-/ Un mensaje me has de hacer,/ A México te has de ir/ y al Arzobispo has de ver’(61)

La obra pasó por algunas dificultades, seguramente de tipo económico y quizás de algún otro cariz ya que Francisco Javier de la Rosa escribió en una baldosa que gracias a la Virgen se pudieron vencer contradicciones del triste de Lucifer.

En 1781 la estructura principal de la capilla en la cual ya se venera a la Virgen (62) parece estar levantada y se colocan las baldosas que también son fruto del trabajo paciente del ermitaño, en una de las cuales escribió: ‘Ya la he visto rematada/ la capilla destinada a rendir nuestras creencias/ y así veremos lograda/ la protección de la Virgen/ En el campo retirada’ (63).

Según recordaba la testimoniante María Benita Godoy López, las paredes fueron construidas echando tierra mojada entre tablas, todo de una pieza y sin señales de adobe y de la misma manera se hizo la torrecita de la cual colgaban dos campanas (64).

En el interior de la capilla fue colocada la estampa de Nuestra Señora de Guadalupe y habilitada al culto, preocupándose Francisco Javier de la Rosa que los sacerdotes que asistían al lugar tuviesen ‘asunto’ o materia a la hora de predicar, adquiriendo para esto dos obras relacionadas con el culto guadalupano y su devoción, recordando en una de ellas que una vez utilizadas había que volverlas al lugar para que pudiesen durar.

Se trata de ‘La Estrella/ del Norte de México,/ Aparecida al rayar el día de la luz/ Evangélica en este Nuevo Mundo, en la cumbre del cerro de / Tepeyac, orilla del mar Tezcucano, a un Natural recién/ convertido; pintada tres días después milagrosamente en/ su Tilma o Capa de Lienzo delante del Obispo y su fami/ lia, en su Casa Obispal, para Luz en la Fe a los Indios;/ para rumbo cierto a los españoles en la virtud; para se/ renidad de las tempestuosas inundaciones de la Laguna./ En la Historia de la Milagrosa Imagen/ de Guadalupe/ de México./ Que se apareció en la manta de Juan Diego’ y cuya autoría correspondía al jesuita Francisco de Florencia quién la había publicado en 1686 y de la ‘Colección / de obras y opúsculos/ pertenecientes a la milagrosa/ Aparición/ de la bellísima imagen/ de Nuestra Señora de Guadalupe/ que se venera en su Santuario de extramuros/ de México’ donde se reúnen una serie de escritos impresos de diversos autores –entre ellos Miguel Sánchez- para que no se pierdan.

Ambas publicaciones fueron editadas en 1785 en la Imprenta de Lorenzo de San Martín, sita en Madrid y llegaron a manos del ermitaño en 1787 (65).

Esta datación nos hace pensar que Francisco Javier de la Rosa haya tenido acceso con anterioridad a alguna literatura guadalupana o al menos a la Novena del bachiller Miguel Sánchez que parece ser una de las mas difundidas desde las últimas décadas del 1600.

Sobre la puerta, un dintel de madera con la inscripción ‘Non fecit taliter nationis’ tomada del Salmo 147,20 que la Iglesia aplica a la Santísima Virgen y que según narra la tradición fueron las palabras del Papa Benedicto XIV tras escuchar el relato de la aparición y sus frutos.

Tres interrogantes dejamos abiertos –aunque hay muchos más-:
1) ¿Por qué si la capilla comenzó a edificarse en 1779 se habla de una campana con el grabado ‘V de Guadalupe – Ora Pro Nobis – 1774’?
2) ¿Porqué la estampa que se venera está impresa al revés de la mayoría de las estampas de Guadalupe que se conocen y la Virgen parece mas blanca?
3) ¿Porqué su festividad se celebraba el 26 de febrero al punto que la autoridad eclesiástica en 1859 la incluye así en el calendario de la Diócesis de Buenos Aires, cuando esta fecha no tiene ninguna relación con los hechos mexicanos?


A modo de conclusión

A pesar del proceso de secularismo que vive nuestra sociedad y el surgimiento de nuevos lugares de culto mariano en la región, Guadalupe sigue siendo un centro espiritual y de comunión en lo humano y lo divino.

Creemos que esta persistencia se debe a que más allá de los protagonistas humanos –comenzando por el propio Francisco Javier de la Rosa-, aconteció lo que el piadoso y austero eremita entrevió en ese desierto interior que vivió en las tierras de los Setúbal y grabó en una de las baldosas de la capilla y es que fue la Virgen la que la levantó con su poder divino, venciendo las dificultades del triste de Lucifer hasta hacerlas desvanecer.

Pbro Edgar Gabriel Stoffel
Universidad Católica de Santa Fe
Instituto ‘San Juan de Avila’
estoffel@ucsf.edu.ar





NOTAS

1) Cfr. AASFVC. Libro de Informaciones Matrimoniales III.
2) Cfr. AASFVC. Libro Bautismos Matriz 1643-1772, fl. 41.
3) Cfr. HINTERMEITER, Marisa. Sobre la identidad de Francisco Javier de la Rosa, Guadalupe, 2000, pgs. 5-6.
4) Cfr. Nuestro trabajo en impresión. Nuestra Señora de Guadalupe. Documentos, testimonios y bibliografía para una renovación de los estudios en torno a su devoción.
5) Cfr. AGPSF. Protocolos, Tm XXVIII, fl. 468.
6) Cfr. AASFVC. Libro de Confirmaciones –hojas sueltas entre los fls. 174 a 200-.
7) Cfr. AGPSF. Cabildo de Santa Fe. Notas y Comunicaciones, Tm I.
8) Cfr. ACSA. Libro de Recepciones y Profesiones, año 1753, fl. 103.
9) Cfr. AASFVC. Autos y decretos II, 1752-1910, fl. 85.
10) Cfr. Fotografía baldosa de al antigua capilla.
11) Cfr. ASG. Fotocopia Expediente proveniente de AGN IX, 31-4-5- Nro 395, fl. 139.
12) Ibidem nota 11.
13) Cfr. AASFVC. Libro de Bautismos Matriz, 1764-1790, fl. 490 – Libro de Bautismos Matriz III, 1733-1762, fl. 45.
14) Cfr. AGPSF. Exp. Civiles 1869, Nro 38.
15) Cfr. ACSA. Libro de Acuerdos de la Venerable Orn de Penitencia –Año 1779, pg. 7.
16) Cfr. GARCIA DE LA VEGA, Joaquín. Hoy cumpl,e 153 años la campana carachosa del histórico convento de San Francisco, La Mañana, 16 de marzo de 1939.
17) Cfr. FURLONG, Guillermo sj. Historia Social y Cultural. Trasplante cultural: Arte, Bs As, TEA, 1969, pg. 226.
18) Cfr. AGPSF. 1ra Circunscripción, Tm XVIII, 1775-1789, fl. 904.
19) Cfr. LASSAGA, Ramón. Breve reseña histórica de la imagen y Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, Imprenta La Velocidad, Sta Fe, 1900, pg. 13 – FURLONG, G. Obra cit, pg. 227.
20) Ibidem nota 4.
21) Ibidem ant.
22) Cfr. DE LA ROSA, Francisco Javier. El Libro del ermitaño (1775), Universidad Católica de Santa Fe, 1992.
23) Ibidem nota 21.
24) Ibidem nota ant.
25) Ibidem nota 22, pg. 25.
26) Ibidem ant., pg. 232.
27) Idem ant., pg. 27.
28) Idem., pg. 28.
29) Id., pg. 55.
30) Id., pg. 25.
31) Id. Ant.
32) Id., pgs. 55-56.
33) ROSSI, Rafael op. Francisco Javier de la Rosa: un ermitaño laico, Cuadernos de Espiritualidad y teología, año II, Nro 3, 1992, pg. 114.
34) Ibidem nota 19, pg. 11
35) CASTILLO BARROS, Oscar. Vida consagrada -. Soledad con Dios. La consagración de laicos mediante votos, viviendo en medio del ámbito secular, http://www.capuchinos.cl/soleddcD.htm, pg. 3.
36)Ibidem nota 33, pg. 57.
37)Ibidem ant., pg. 197.
38)Cfr. GARCIA GOMEZ, María Dolores. De la bibliotecas jesuíticas: El Colegio de Nuestra Señora de la Concepción de Albacete, http://publicaciones.ua.es/Deprox/84-7908-661.0.asp
39) Cfr. IPARRAGUIRRE, Ignacio. Nuevas formas de vivir el ideal religioso (Siglos XV y XVI), en Historia de la Espiritualidad, Tm II, pgs. 107-108. 40) Ibidem nota 37, pg. 107.
41)Cfr. HINTERMEISTER, Marisa. Acerca de Francisco Javier de la Rosa, Guadalupe, 1993, pg. 30.
42)Ibidem nota 40, pg. 228.
43)Cfr. ACICSF, Caja 1.
44)Cfr. SIEGRIST, Nora y JIJENA, Lucrecia. Dos ordenes terciarias en épocas de la colonia. San Francisco y Santo Domingo. Conformación, reglas, indulgencias y enterramientos, Archivum XIII, 2004, pg. 150 y ss.
45)Cfr. UDAONDO, Enrique. Crónica histórica de la Venerable Orden tercera de San Francisco en la República Argentina, Bs As, 1925, pg. 215.
46)Ibidem nota 44, pgs. 151-153.
47)Cfr. ACSA. Libro de Recepciones y Profesiones, Año 1753, fl. 103 - UDAONDO, E., Obra cit., pg. 216.
48)Ibidem nota 15, fl. 7.
49)Cfr. ZAPATA GOLLAN, Agustín. La devoción mariana en Santa Fe, Sta Fe, 1938; FURLONG, Guillermo sj. El Milagro de Santa Fe. Historia de la Virgen de los Milagros, Sta Fe, 1950; CALVO, Luis María. Presencia mariana en la población de nuestro territorio, ra LXXXVII, jul-dic 1988, pg. 26 y ss; BOLCATTO, Hipólito. La Virgen de Guadalupe en las ruinas de Santa Fe la Vieja, Separata América 15, Sta Fe, 1999.
50)Ibidem nota 19, pg. 12.
51)Ibidem nota 4.
52)Cfr. La Virgen de Guadalupe en Santa Fe, Edit. Cattaneo Hnos, Sta Fe, 1938, pgs. 56 y 58.
53)Ibidem nota 11, fl. 139.
54)Ibidem ant., fl 16.
55)Idem ant., fl. 17.
56) Id. Ant.
57) Museo Etnográfico y Colonial. Escrituras Públicas, Tm. XVIII, 19 de octubre 1779, fl. 199v.
58) Ibidem nota 19, p. 13.
59) Ibidem nota 4.
60) Ibidem nota 55.
61) Ibidem nota 19, pg. 20.
62) Ibidem nota 57.
63) Ibidem nota 19, pg. 21.
64) Ibidem nota 4.
65) ASG.




SIGLAS

AASFVC. Archivo Arzobispado de Santa Fe de la Vera Cruz
ACICSF. Archivo Colegio Inmaculada Concepción de Santa Fe
ACSA. Archivo Convento Santa Ana
AGN. Archivo General de la Nación
AGPSF. Archivo General de la Provincia de Santa Fe
ASG. Archivo Santuario de Guadalupe