miércoles, 20 de junio de 2007

CAPITALISMO SALVAJE Y CATOLICISMO

_(Si bien esta nota aparecida en EL LITORAL excede los cometidos de la página, la publicamos ampliada a pedido de numerosos lectores)

El catolicismo ante el capitalismo salvaje del siglo XIX
Pbro. Edgar Gabriel Stoffel
stoffel@ucsf.edu.ar

Suele ser un lugar común señalar que la Iglesia en el siglo XIX llegó tarde a la ‘Cuestión social’ ya que la carta encíclica ‘Rerum Novarum’ data del año 1891 en tanto el ‘Manifiesto Comunista’ había sido publicado medio siglo antes, mas precisamente en 1848.

A tal punto se ha impuesto esta perspectiva que la mayoría de los católicos –aún aquellos preocupados por la problemática social- la aceptan como una verdad absoluta y no pocas veces hasta con cierto complejo de inferioridad.

Si bien es cierto que la ‘Rerum Novarum’ data de 1891, esto no significa que la preocupación de los católicos frente al avasallamiento que experimentaban los trabajadores por las transformaciones que en el modo de producción y de retribución laboral imponía la ‘revolución industrial’ tenga allí su inicio, sino que hay que señalar que la encíclica del Papa León XIII fue un punto de llegada de una variada gama de experiencias y el punto de partida de una opción mas elaborada y abarcativa a favor de los trabajadores.

Tiempo atrás, al realizar esta aseveración en el marco de unas Jornadas de Historiografía regional, una destacada docente de la U.N.L. me señalaba que para ella era una novedad que la Iglesia Católica hubiese manifestado alguna preocupación por la suerte de los trabajadores antes de 1891, lo cual es perfectamente entendible ya que por lo general las ‘historias del movimiento obrero universal’ elaboradas a partir del ‘materialismo histórico’ han negado (‘invisibilizado’) las experiencias no marxistas –sean estas o no católicas- o las han descalificados como ‘reformistas’ o útópicas’.

Es innegable que el ámbito urbano en el que se forjaba la nueva conciencia de los trabajadores y por lo tanto una nueva cultura constituyó en el siglo XIX un tremendo desafío para una Iglesia que estructural, pastoral y ministerialmente no estaba preparada para el mismo ya que aún permanecía muy ligada a la mentalidad de ‘cristiandad’ y al mundo rural, pero fue precisamente en ese ámbito urbano donde ante la inercia de la pastoral tradicional surgieron no solo nuevas formas de apostolado sino también una mayor presencia del laicado.

La miseria que pululaba en las barriadas obreras y las condiciones inhumanas a que era sometido el proletariado –lo que León XIII llamará luego ‘el yugo casi servil’- no pasó indiferente para muchos católicos que escandalizados por dicha situación no se limitaron a denunciar la injusticia sino que propusieron una serie de soluciones tanto en el campo teórico como en el práctico.

Y lo llamativo es que muchas de esas propuestas surgieron entre los católicos llamados ‘intransigentes’ –algunos de los cuales añoraban la monarquía- como por ejemplo A. de Melund (1807-1877), quién proviniendo de una antigua familia aristocrática, presentó en el parlamento francés una serie de proyectos destinados a limitar el tiempo de trabajo de menores y mujeres y a dar respuestas para la situación de los que hoy denominamos ‘niños en riesgo’ y que pertenecían a la clase obrera. Entendía que para una eficaz solución del problema y autentica promoción de la clase obrera el Estado debía abandonar su postura absentista.

No menos importante a favor de las clases populares fue la tarea llevada adelante por las ‘Conferencias de San Vicente de Paúl’ bajo el influjo de F. Ozanán (1813-1853) -un joven profesor de economía política- quién no pretendía sustituir la justicia social con la limosna, pero entendía que mientras la primera se concretaba había que socorrer a los pobres para lo cual fundaron asilos, orfanatos, patronatos para los aprendices y bibliotecas populares. Tal fue la extensión de esta obra que ya para la década del ’70 estaba instalada en Santa Fe.

No se puede obviar entre los laicos a La Tour du Pin (1834 – 1924) fundador de la Obra de los Círculos –en una perspectiva mas bien ‘corporativista’-; a A. de Mun (1841 – 1914), fundador de la ‘Ouvre des cercles ouvriers’ (1871) y quién a partir de 1876 como diputado en el Parlamento francés promovió la promulgación de una serie de leyes sociales y a L. Harmel (1829 – 1915) cuyo lema era ‘Todo para el obrero; nada sin el obrero’ con la promoción de círculos de estudios sociales para obreros solamente.

Otro sacerdote francés preocupado por la problemática social fue L. Dehón (1843- 1925) quién al ser designado teniente cura en San Quintín -que por entonces se había convertido en una ciudad industrial- descubre la nueva sociedad que está surgiendo y la importancia de los obreros, lo cual reclama a su entender un nuevo modelo pastoral.

Con esta convicción llevará adelante una serie de empredimientos a favor de los trabajadores y en orden a la concientización del clero y tras la publicación de la ‘Rerum Novarum’ se convertirá en uno de los mas avezados difusores de la encíclica papal.

También hay que destacar a W. von Ketteler (1811 – 1877) en Alemania, quién ya en 1848 llamaba a los católicos a cumplir con sus deberes sociales y siendo Obispo de Maguncia publica en 1864 ‘La cuestión obrera y el cristianismo’ en la que invita a estudiar con atención el nuevo estado de cosas y siendo parlamentario sostendrá que el problema esencial no era el constitucional sino el social. Sostenía que no bastaba una reforma moral –como entendían algunos católicos- sino que era necesario un programa de política social que incluía la creación de cooperativas de trabajo en las que los obreros participarían de la propiedad, la administración y los bienes; la reducción de las horas de trabajo; la prohibición del trabajo de mujeres y niños; el aumento del salario y la validez de las huelgas.

También en Alemania, donde ya en 1869 el Episcopado había propuesto una seria pastoral social, F. Hitze funda en 1890 bajo el nombre de ‘Volksrein’ una federación que congrega a diversas asociaciones de trabajadores. Previamente, en Colonia, el padre A. Kolkping (1813 – 1865) había fundado una asociación de artesanos, obra que aún perdura.

En Bélgica hay que recordar a E Ducpetiaux quién en 1844 publica ‘El pauperismo en Bélgica’ sobre la base de una serie de encuestas sociológicas; a A. Bartels –quién provenía del llamado catolicismo liberal- impulsor de los Congresos de Malinas que tanta incidencia tendría en los cambios introducidos en la legislación y a Ch. Perrín, docente universitario en Lovaina quién se dedicó a fomentar asociaciones de trabajadores cristianos..

Los católicos belgas tuvieron imitadores en otras partes de Europa y muchas de sus propuestas serán asumidas luego por León XIII.

Aunque menos conocidos, también entre los españoles se realizaron una serie de intentos para mejorar la situación de los trabajadores (cajas de ahorro y crédito, sociedades de socorros mutuos, sindicatos profesionales, etc), destacándose en estas iniciativas el jesuita A. Vicent (1837 – 1912) y J. Balmes, quién sostenía que era necesario modificar a favor de la clase mas pobre la relación entre patronos y obreros y que si bien la propiedad privada era inviolable, tenía limites precisos y debía estar al servicio de todos.

En Italia, la preocupación por los nuevos sectores sociales que generaba la transformación industrial encontró una fecunda respuesta en la actividad de Don Bosco y otros sacerdotes quienes se dieron a la tarea de educar a la juventud en el plano moral y en el de la capacitación laboral. En el campo intelectual hay que mencionar al profesor de economía G. Toniolo (1848 – 1918) quién se preocupará de los temas cooperativos y a G. Tovini (1841 – 1897) quién fuera beatificado por Juan Pablo II y se destacó por el fomento de una serie de iniciativas a favor de los obreros.

Otros Obispos preocupados por la cuestión social fueron Mons. Mermillod (1824 – 1892) en Suiza, fundador de la ‘Unión de Friburgo’ y designado por Leon XIII en 1881 al frente de una Comisión destinada a estudiar a la luz de la doctrina social católica las cuestiones relacionadas con la economía ; en Estados Unidos el cardenal J. Gibbons por sus iniciativas a favor de los emigrados, los pobres y los necesitados y en Inglaterra el Cardenal Manning (1808 – 1892) quién en 1889 logró resolver –gracias a su apostolado entre los obreros- una huelga de los ‘dokers’ que amenazaba en volverse sangrienta.

En una postura marginal no podemos dejar pasar por alto los aportes de Buchez (1796 – 1865) –descalificado como ‘utópico’ por Marx- , protagonista de la Comuna de Paris de 1848, quién se oponía a la lucha de clases, defendía la existencia de las asociaciones gremiales y estaba convencido del valor social del cristianismo.

Estos son solo algunos protagonistas de la larga lista de hombres y asociaciones que desde el campo católico trataron de dar respuesta a la cuestión obrera originada por el capitalismo salvaje.

Podrá argumentarse que sus resultados fueron limitados o efímeros pero el mismo criterio valdría entonces para el ‘Manifiesto Comunista’ que publicado en 1848 recién pudo concretarse en 1917 con la instauración del comunismo en Rusia, lo cual hoy por hoy nadie puede asegurar que contribuyera a la liberación de los trabajadores, en tanto la aplicación progresiva de las propuestas socialcristianas y la lucha de los trabajadores por la justicia mejoraron sustancialmente la situación de las clases desposeídas.


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