sábado, 16 de junio de 2007

EL ESTUDIO DE LA PROPIA HISTORIA ECLESIAL EN LA FORMACION DEL SACERDOTE DIOCESANO

CURSO HISTORIA DE LA IGLESIA EN SANTA FE . Introducción
Propedéutico Seminario ‘Nuestra Señora’

Pbro. Edgar Gabriel Stoffel
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A modo de introducción

Podríamos preguntarnos por que al comenzar este tiempo de formación sacerdotal, en el primer semestre del Propedéutico el candidato al sacerdocio se encuentra con una materia titulada ‘Historia de la Iglesia en Santa Fe’.

En verdad parecería que cuando alguien ingresa al Seminario lo que mas puede importarle es todo aquello que tiene que ver con la Sagrada Escritura, con la Liturgia y con el Apostolado –por citar algunas- ya que ellas le brindarán las herramientas necesarias para cuando llegue el momento de ejercer el ministerio.

Por otra parte debemos reconocer que la historia en general y su estudio no suele ser demasiada atractiva en la etapa de la adolescencia y en lo que respecta a la historia de la Iglesia es poco lo que se trata y muchas veces, no con la seriedad debida .

Como una primera respuesta se puede decir que el cursado de esta materia viene a llenar algunos vacíos que el seminarista trae de la etapa inmediatamente anterior de su proceso formativo, sin embargo su inclusión en el programa –sin dejar de ser cierto lo señalado- tiene que ver con la importancia que la Iglesia concede al estudio de la historia y por que el candidato está llamado a ser sacerdote en esta Iglesia particular que peregrina en Santa Fe de la Vera Cruz y que tiene una historia de mas de cuatro siglos.

El sacerdocio diocesano al cual el formando se siente llamado por el Señor es un don especial de Dios para un pueblo que tiene una historia concreta y al cual el mismo pertenece , quién, en comunión con la única Iglesia de Cristo y a través de su Obispo, deberá derramar la gracia divina sobre ese pueblo y esa historia a la que es devuelto como ‘Alter Christus’.

Llamados por Dios en este pueblo santafesino para volver a él como quién sirve, y en esta hora de Nueva Evangelización , se explica entonces el estudio de la historia de la Iglesia en la vida de este pueblo nuestro en orden a nutrirse de la corriente de vida apostólica que animó su existencia y para aprender de sus errores y limitaciones.


Iglesia particular, sacerdocio diocesano e historia

Si bien no corresponde a esta materia determinar la naturaleza del sacerdocio diocesano y su espiritualidad consideramos que es necesario una breve reflexión sobre la misma ya que esto nos permitirá comprende mejor la importancia que juega el conocimiento de la historia local en nuestra conformación como pastores.

Durante mucho tiempo se ha creído que el clero diocesano carecía de una espiritualidad que lo sustentara en cuanto tal y que por lo tanto, mientras pastoralmente cumplía las directivas emanadas del Obispo –en un visión estrechamente juridicista- debía nutrir su interioridad de los aportes que provenían de las diversas escuelas espirituales o carismas de la vida religiosa.

A lo largo del siglo XX se ha reflexionado y escrito desde diversos ángulos acerca de esta problemática y en orden a trazar nuestro perfil de diocesanos apareciendo con claridad en algunos de estos trabajos la relación con la historia local.

Promediando el siglo pasado el padre Carpentier señalaba:

‘La espiritualidad diocesana, encuentra su centro natural en el don de sí a la Iglesia local, es decir a una tierra, a un pueblo, a un pasado religioso, a los santos, a los templos del lugar: don de sí que se determina y concentra en su unión al Obispo, personificación de la diócesis, presencia visible de Cristo, padre, doctor, santificador, jefe y guía de su pueblo y sobre todo de su clero; don de sí que se dilata por la unión fraternal con la familia diocesana, acogedora para la comunidad presbiteral; don de sí, en fin, que va a crear, animar, vivificar, las mil formas de servicios a prestar, las mil maneras de comunicar la salvación y, especialmente para los escogidos, la ‘’cura animarum’’, la residencia en medio del rebaño, la presencia multiplicada del Obispo y por él de Cristo’

Décadas después, Lorenzo Trujillo en su obra ‘Relaciones propias del presbítero y su espiritualidad’, al entender a la Iglesia particular como el arraigo de la Iglesia en la mundanidad histórica y concreta , concluye que es necesario dejar atrás una concepción del presbítero como poder puramente espiritual y una relación Iglesia-mundo en términos abstractos y universales de poder de jurisdicción , lo que en la práctica se traduce en un anclaje histórico y espacial.

De hecho, para este autor el término ‘mundo –al igual que ‘pueblo’- no es un concepto abstracto sino una realidad histórica y concreta y la Iglesia particular, es a la vez realidad salvífica y secular , lo que implica que el sacerdote diocesano (por su vinculación a una Iglesia con estas notas) debe amar la realidad secular en la que está inserto y la par defender su indiosincrasia cultural .

Siguiendo al autor podría también decirse que si esto no se da naturalmente, se corre el riesgo que tarde o temprano el sacerdote tome conciencia de esta dimensión espacio-temporal –lo que vulgarmente se llama ‘salir del cascarón’- y los problemas que se dan en los mismos, experimentando tal descubrimiento como una vivencia histérica y desacompasada, y en una inversión de roles apropiarse de la paternidad que representa y hacer una Iglesia a su imagen y semejanza donde lo que priman son las opciones personales y no lo que dicta la caridad pastoral.

Creemos que algunos de estos puntos de vista son asumidos en la exhortación apostólica ‘Pastores dabo vobis’ que el Papa Juan Pablo II publicara en 1992, especialmente en los Nros. 31 y 74, refiriéndose el primero a la pertenencia y dedicación a la Iglesia particular’ y el segundo, enmarcado en el último capítulo que trata sobre la formación permanente de los presbíteros.

El Nro. 31 tras recordar que la dimensión eclesial es propia de toda existencia cristiana, precisa que en la vida espiritual de los presbíteros se reviste de modalidades, finalidades y significados particulares en razón de su relación especial con la Iglesia, basándose siempre en su configuración con Cristo Cabeza y Pastor, en su ministerio ordenado, en su caridad pastoral’.

Esto que vale para todo presbítero en cualquier parte del mundo (con lo cual se asegura la universalidad y se evita todo localismo), adquiere cierta singularidad en el sacerdote diocesano que debe forjar su identidad y nutrir su vida espiritual –y esto sin negar otros aportes - a partir de su pertenencia y dedicación a la Iglesia particular y para lo cual cuenta –entre otros- con estos elementos imprescindibles: la relación con el obispo en el único presbiterio, la coparticipación en su preocupación eclesial, la dedicación al cuidado evangélico del Pueblo de Dios en las CONDICIONES CONCRETAS HISTORICAS Y AMBIENTALES DE LA IGLESIA PARTICULAR.

En el Nro. 74 de la exhortación se sostiene que el sacerdote está llamado a madurar la conciencia de ser MIEMBRO DE LA IGLESIA PARTICULAR en la que está incardinado, la cual supone y desarrolla el AMOR A LA PROPIA IGLESIA y en lo que consiste en definitiva, el objetivo vivo y permanente de la caridad pastoral .

Tomamos dos expresiones que nos parecen fundamentales: dedicación al cuidado evangélico del Pueblo de Dios en las condiciones concretas históricas y ambientales de la Iglesia particular y el amor a la propia Iglesia ya que son de una riqueza sin par para lo que estamos reflexionando.

La primera parece un eco de lo afirmado en ‘Ratio Fundamentalis’ cuando dice que la historia eclesiástica, examinando científicamente las fuentes históricas, debe mostrar el origen y el desarrollo de la Iglesia como Pueblo de Dios que crece a través del espacio y del tiempo, lo cual evita acotar la expresión ‘condiciones concretas históricas y ambientales’ al tiempo que nos toca vivir y nos ayuda a descubrirnos como parte de un proceso en el cual la fe que anunciamos y los sacramentos que celebramos es algo que nos viene dado por Dios que recibimos de los que vivieron antes que nosotros y que nosotros –previa actitud de agradecimiento por lo recibido y en comunión con los que nos precedieron - debemos transmitir.
La expresión ‘amor a la propia iglesia’ implica un conocimiento integral de la misma por aquello de que ‘no se puede amar lo que no se conoce’ y en este sentido el conocimiento de la propia historia es de suma importancia ya que si bien es cierto que pierde en grandeza y limita su alcance, sin embargo se nos revela en colorido e intimismo, en vinculación personal y gamas afectivas, lo que a la postre constituye –aunque reducida y ceñida- la ‘traditio’ en la que ha cuajado nuestra fe que se inserta en la única ‘traditio’ eclesial y de la cual estamos llamados a hacer memoria .

Nadie está obligado a ser un estudioso de la historia de la Iglesia para ser un buen sacerdote pero su desconocimiento puede conducir a una espiritualidad que se contrapone a la del Verbo Encarnado que se hizo hombre y habitó entre nosotros y se corre el riesgo de construir una comunidad atemporal y sin incidencia en la historia.

Como bien decía Juan Pablo II en 1984 al proponer una mirada sobre el pasado de la evangelización de nuestros pueblos latinoamericanos, este preocupación por la historia propia ‘no (es) por mero interés académico o por nostalgias del pasado, sino para lograr una firme identidad propia, para alimentarse en la corriente viva de misión y santidad que impulsó su camino, para comprender mejor los problemas del presente y proyectarse más realísticamente hacia el futuro’ .

En este espíritu nos parece aleccionador el ejemplo de un sacerdote diocesano, luego Papa, profundamente espiritual –escribió el ‘Diario del alma y otros escritos piadosos’, Cristiandad, 1964- y atento a los ‘Signos de los tiempos’ convocó al Concilio Vaticano II, quién en los primeros años de su ministerio manifestó una sensibilidad especial por la historia de su Iglesia particular.

Nos referimos a Juan XXIII quién escribió ‘Visita pastorale di San Carlo Borromeo a Bérgamo’ en cinco volúmenes y que fuera publicada recién en 1957 cuando era Patriarca de Venecia.

Un trabajo éste, que le permitió en 1962, con ocasión del encuentro con los participantes de la II Convención de Historia Eclesiástica Italiana, dejar el siguiente testimonio:

‘No pensábamos en otra cosa mas que en ofrecer a nuestra diócesis, a nuestro Obispo, la documentación exacta de un período de vida religiosa (¡y que período!) bajo la mirada y el impulso de San Carlos Borromeo... la enseñanza, por tanto es ésta: habiendo seguido por espacio de medio siglo las aspiraciones y los anhelos de este compromiso de mi primerísima juventud sacerdotal y llevado luego por la obediencia a otros campos de buen trabajo, lo confieso que mi espíritu no consiguió apartarse de ésta que me acompañó siempre como la mas feliz y la mas grata distracción de mi vida’


El ejemplo de Juan Pablo II

Frente al ejemplo antes expuesto podría concluirse que esta dilección por la historia local es propia de un historiador ya que Ángelo Roncalli (1881-1963) fue profesor de historia eclesiástica y patrología en el Seminario de Bérgamo, que además de la obra citada escribió la biografía de su Obispo Radini Tedeschi (In memoria di Mons. Giacomo Radini Tedeschi, vescovo di Bérgamo) y que eligió como lema para su escudo episcopal la divisa de su admirado Cesare Baronio (‘obedientia et pax’) el autor de los anales de Historia de la Iglesia y a quién consideraba el gran renovador de los estudios históricos en el siglo XVI y si queremos mas, terminó zanjando con la elección de su nombre para el Pontificado el espinoso tema del Juan XXIII (1410-1415), uno de los tres pretendientes a la silla pontificia junto con Gregorio XII y Benedicto XIII y sobre quién se dudaba si incluirlo o no en la lista de Papas .

Sin embargo una sensibilidad especial por la propia historia la encontramos también en Juan Pablo II, quien sin los antecedentes de su precursor, se nos manifiesta además como un gran conocedor de la historia en general y de su importancia como así también de la historia de los pueblos en particular en virtud de una peculiar concepción pastoral que considera que el Plan creador del Padre culminado en la Redención, implica al hombre viviente y abarca toda su vida y la historia de los pueblos .

Un primer aspecto que nos parece importante resaltar tiene que ver con lo que podríamos llamar el aprecio por la propia tierra, por el ámbito espacial en el cual se ha desarrollado la historia de la Iglesia a la que pertenece y su propia historia personal y familiar.

Apenas bajado del avión en el aeropuerto de Okecie (2-6-79) decía: ‘He besado el suelo polaco en el que he crecido: la tierra de la que –por inescrutable designio de la Providencia- Dios me ha llamado a la Cátedra de Pedro en Roma; la tierra a la que llego hoy como peregrino’ , suelo que se concreta de un modo especial en Wadowice, su ciudad natal, de la que recuerda:

‘Allí está la calle Mickiewicz, luego la calkle Zatorska; aquí la calle Krakowska. Allí se encontranba antes Zbozny Rynek, y allí Chocvzenka. Detrás de nosotros está Skawa. Aquí estaba la librería de Foltin. ¿Existe aún?. No. En aquella casa vivía Jurek Kluger y allí estaba la pastelería. /...../ Más allá de la escuela sube la calle Slowacki; allí está la calle Karmelicka y un poco más allá el parque de la Asociación para el cuidado de la ciudad de Wadowice y sus alrededores’

Es interesante hacer notar como Juan Pablo II une la universalidad de su ministerio con su pertenencia al pueblo polaco y ninguna de ambas realidades que vive en su persona es limitativa de la otra.

De allí que sin visos de contradicción pueda señalar al llegar a Wadowice en 1999:

‘Una vez más, durante mi servicio a la Iglesia universal en la sede de San Pedro, vengo a mi ciudad natal de Wadowice. Con gran emoción contemplo esta ciudad de mis años de infancia, testigo de mis primeros pasos, de mis primeras palabras y de las ‘primeras inclinaciones’ como dice Norwid, que son ‘como la eterna profesión de Cristo: ¡Alabado seas!’

Es en esta tierra concreta en la cual se lleva a cabo la acción del Espíritu y donde se hace presente la única Iglesia de Cristo nacida en Pentecostés, distante en el tiempo pero no distinta, idéntica en sus notas esenciales pero diversa en sus protagonistas humanos y en sus expresiones piadosas, culturales y sociales:

‘Y así vemos que, en el Cenáculo de Jerusalén, los apóstoles, llenos del Espíritu Santo ‘’comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según que el Espíritu les otorgaba expresarse’’ (Hchs. 2, 24). Las diversas lenguas se convirtieron en las suyas propias, gracias a la misteriosa acción del Espíritu Santo, que ‘sopla donde quiere’ (Jn 3,8) y renueva ‘’la faz de la tierra’’ (Sal 103,30). Y aunque el autor de los Hechos no incluye nuestra lengua en la lista de las que aquel día comenzaron a hablar los apóstoles, llegaría un tiempo en que los sucesores de los apóstoles del Cenáculo comenzarían a hablar también la LENGUA DE NUESTROS ABUELOS y a anunciar el Evangelio al pueblo, que solamente en esa lengua podía entenderlo y aceptarlo’

En 1999, con motivo del milenario de la Arquidiócesis de Cracovia vuelve sobre esta idea:

‘¡Como no dar gracias por el soplo del Espíritu de Cristo que, desde el Cenáculo, se difundió por toda la tierra y llegó hasta las riberas del Vístula, y renueva sin cesa la faz de la tierra, de esta tierra de Cracovia! A ti, oh Dios, te alabamos’

Y agrega mas adelante:

‘’Gracias a esa referencia, la Iglesia en Cracovia ha permanecido siempre en INTIMA UNION CON LA IGLESIA UNIVERSAL y , al mismo tiempo, se ha formado UNA PERSONALIDAD HISTÓRICA PROPIA, ha escrito su propia historia como una única e irrepetible comunidad de hombres que participan de la misión salvífica de Cristo.
Esta comunidad, permaneciendo en la corriente de la Iglesia universal, y a la vez conservando su carácter irrepetible, ha forjado la historia y la cultura de la ciudad de Cracovia, de la región y podríamos decir, de toda Polonia’

Una historia en la cual se inserta su propia historia vocacional , no solo sacerdotal sino primeramente cristiana y de la cual no cesa de hacer memoria como aconteció en su primera visita a la Wadowice natal donde besó la pila bautismal de la iglesia parroquial en la cual un 20 de junio de 1920 le fue concedida la gracia de convertirse en hijo de Dios y la fe en su Redentor y donde mas tarde se acercaría por primera vez al sacramento de la confesión, haría su primera comunión, ejercería como monaguillo y luego celebraría su primera misa .

Historia de vida cristiana que no corre paralela con la vida humana, familiar y profesional sino que se imbrican mutuamente, hablando el Santo Padre de un puente que une la casa de Dios y la casa paterna, y por eso es que con la misma unción anterior besa el umbral de la casa paterna y da gracias a la Providencia por el don de la vida que le fue transmitida por sus padres y la experiencia del amor familiar vivida en aquel hogar, donde se sentía seguro incluso cuando hubo que afrontar la muerte y los apuros de la vida diaria en tiempos difíciles .

Y en este marco, el llamado del Señor al ministerio, como el mismo lo recordaba a los sacerdotes polacos:

‘... este primer Papa polaco, que hoy está ante vosotros, recibió la gracia de la vocación sacerdotal en tierra polaca...’

Llamado personal, único e irrepetible y por eso mismo no individualista ni atemporal, sino inscrito en un llamado mas amplio que incluye al resto de los presbíteros de hoy y de ayer, lo cual le hace afirmar sin titubeos:

‘Nos hemos sentido (los sacerdotes polacos) siempre profundamente ligados al Pueblo de Dios, a este pueblo en medio del cual hemos sido ‘’escogidos’’, y para el cual somos ‘’constituidos’’ (Cfr. Heb 5,12). El testimonio de la fe viva que sacamos del Cenáculo, de Getsemaní, del Calvario; de la fe mamada con la leche de nuestras madres; de la fe consolidada entre las duras pruebas de nuestros connacionales, es nuestro carné espiritual; el fundamento de nuestra identidad sacerdotal’

No quiero finalizar este punto sin una referencia a la piedad mariana de Juan Pablo II –la cual ya es conocida por todos- ya que el Santo Padre no es de aquellos ‘marianos que no van al Santuario para vivir con más pureza su devoción a la Madre de Dios’ sino que por el contrario parece haber profundizado en dicha piedad a partir de la peregrinación a los mismos como lo recordaba en Kalwaria Zebrzydowska el 7 de junio de 1979:

‘No sé, desde luego, cómo dar las gracias a la divina Providencia que me ha concedido una vez más visitar este lugar, Kalwaria Zebrzydowska, el santuario de la Madre de Dios, los Santos Lugares de Jerusalén vinculados a la vida de Jesús y de su Madre, reproducidos aquí, los así llamados ‘’Caminitos’’. Los he visitado muchas veces, de niños, de joven. Los he visitado como sacerdote. Especialmente he visitado con frecuencia el santuario de Kalwaria como Arzobispo de Kraków, y como cardenal. Veníamos aquí muchas veces, los sacerdotes y yo, para concelebrar ante la Madre de Dios. Veníamos en la peregrinación anual de agosto y también en las peregrinaciones de determinados grupos en primavera y otoño. Pero mas frecuentemente venía aquí solo, y andando por los caminitos de Jesucristo y de su Madre, podía meditar sus misterios santísimos, y encomendar a Cristo, por medio de María, los problemas especialmente difíciles y de singular responsabilidad en mi complejo ministerio. Puedo decir que casi ninguno de estos problemas ha madurado sin o aquí, mediante la oración ardiente en este gran misterio de fe que Kalwaria esconde dentro de sí’


Historia propia y pastoral

La ‘Pastores dabo vobis’ vuelve a referirse al conocimiento de la historia, al encarar la cuestión de la formación pastoral hacia la cual parecería que deben orientarse todos los demás aspectos que se abordan en el Seminario, sean estos espirituales, intelectuales o disciplinares .

Así se habla de que los futuros sacerdotes –a través de la experiencia inicial y progresiva- podrán ser introducidos en la TRADICIÓN PASTORAL VIVA DE SU IGLESIA PARTICULAR, que la Teología pastoral es una reflexión científica sobre la Iglesia en su vida diaria, con la fuerza del Espíritu, A TRAVES DE LA HISTORIA y que la misma pastoral no es mera praxis sino que posee una categoría teológica plena ya que recibe de la fe los principios y criterios de la ACCION DE LA IGLESIA EN LA HISTORIA.

Si como dice el documento, entre estos principios y criterios se encuentran aquel especialmente importante del discernimiento evangélico sobre la situación sociocultural y eclesial en cuyo ámbito se desarrolla la acción pastoral, la visión histórica se vuelve imprescindible.

En el caso de nuestro país un primer paso en esta línea se había dado en el llamado ‘Documento de San Miguel’ del año 1969, en el cual los Obispos al abordar la cuestión de la ‘Pastoral Popular’ señalan la necesidad de insertarse y encarnarse en la experiencia nacional del pueblo argentino y de discernir acerca de su acción liberadora o salvífica desde la perspectiva del pueblo y de sus intereses ya que éste es sujeto y agente de la historia humana, la cual está vinculada íntimamente a la historia de salvación, por lo que proponen como presupuesto fundamental para la evangelización de dicho pueblo –entre otros- partir de la comprensión de la situación nacional del mismo y de su proceso histórico, como así también asumir su cultura ya que la misma está impregnada de un cristianismo que fue sembrado desde el origen mismo de la nacionalidad .

Sin embargo al momento de trabajarse el Documento de consulta preparatorio a la Conferencia de Puebla que incluía una parte histórica, los Obispos reunidos en la XXVIII Asamblea plenaria si bien manifestaban que ‘... la recuperación del sentido de la historia constituye un elemento muy importante en la tarea de evangelización de la Iglesia’, no dejan de reconocer que era un hecho ‘... la deficiencia general de conocimiento de la historia de Iglesia en cada país, y de la del continente’.

La visión histórica fue fundamental a la hora de afrontar el tema de la ‘evangelización en el presente y en el futuro de América Latina’ y es éste uno de los aspectos que convierte a al Documento de Puebla del año 1979 en superador del de Medellín del año 1968.

Al respecto escribía Mons. Zazpe:

‘El documento de Medellín –tomado en Puebla como punto de partida- abordaba el presente de América Latina sin referencia explícita a su pasado evangelizador.
El enfoque de Puebla recurre al proceso histórico porque quiere situar la actual y futura evangelización en continuidad con el pasado que dio origen a un radical sustrato católico que todavía perdura.
Medellín decía: ‘’Vivimos una etapa presente en transformación’’. Puebla añade: ‘’pero venimos de un pasado que creó una cultura de raíz cristiana’’.
Medellín apelaba a las reservas del presente. Puebla redescubre los valores cristianos del pasado, que todavía circulan por la cultura y la religiosidad del pueblo’

Hay que decir asimismo que el Capítulo VI de San Miguel, mas que una adaptación de Medellín a nuestra realidad era un adelanto del documento de Puebla en lo referente a la valoración de la historia, del pueblo, su cultura y su religiosidad .

En la línea de Puebla, los Obispos de Argentina en el año 1981 publican el Documento ‘Iglesia y Comunidad Nacional’ que entienden como una meditación sobre el curso y el destino de nuestro pueblo a partir de la responsabilidad que tienen de evaluar el actual desarrollo de la evangelización en nuestro país, la cual está íntimamente ligada a su acontecer histórico .

Así la primera parte está dedicada a ‘Nuestra Historia’ (Nros. 3 a 35) y abarca desde la llamada época española hasta 1981, ya que una meditación profunda sobre la vida del pueblo argentino conduce necesariamente a considerar el pasado, a auscultar el presente y así vislumbrar su futuro y destino.

Lo histórico vuelve a reaparecer al abordarse el tema de la cultura, ya que se entiende a esta el proceso histórico y concreto en que el hombre realiza el desarrollo de su personalidad en todos los planos de su existencia (Nro. 45) y al tratarse el orden político social, donde podemos encontrar un juicio de la Iglesia sobre nuestro proceso histórico como pueblo (Nros. 111-113).

No caben dudas por lo tanto que el conocimiento de la historia religiosa local –de la cual nosotros y nuestras familias forman parte y han sido protagonistas - nos conduce a una visión realista del pueblo concreto sobre el que se ha de proyectar la acción pastoral. Por cierto que esto no implica una canonización de los tiempos pasados, sino que implica por el contrario – a través de la debida discriminación y valoración de sus elementos- un leal discernimiento de las luces y de las sombras, de los lastres de los cuales debemos desprendernos y de prácticas y costumbres que debemos conservar, remozar o purificar.

No está demás recordar que es en la comunidad diocesana donde el misterio de la Iglesia adquiere su concreción última, con sus perfiles personales propios y sus modalidades reales: nombres, apellidos, étnias, tradiciones, espacios, símbolos, abusos, deformaciones, etc. al punto que podemos decir, que es en esta Iglesia particular donde se hace realidad la Iglesia que confesamos en el Credo.

Y esto es así porque el universalismo de la Iglesia –y sin contradicción con el espíritu misionero que todos debemos cultivar y fomentar- no nos desarraiga ni nos desvincula de nuestro espacio concreto, al cual amamos no porque sea grande o importante sino porque es el nuestro y en él Jesucristo ha querido llamarnos a su servicio.

Anotaciones finales

Acertadamente decía -hace ya tres décadas- Mons. Zazpe que ‘nuestro presente es tributario de aquel pasado. Tanto su realidad actual como sus posibilidades futuras dependen de aquellas napas profundas, pero enriquecidas con los aportes vitales y diversos que ha depositado el tumultuoso río de la historia. Su evolución ha sido dinámica y compleja: al español, al mocobí y al mestizo se añadió el piamontés, el suizo y el germano’ .

El conocimiento de la propia historia se convierte para el pastor en un instrumento apto para evangelizar al hombre santafesinos de nuestros días, el cual –sin dudas con limitaciones- adhiere a la Iglesia Católica. Limitaciones y adhesión que no se podrán juzgar y evaluar adecuadamente si no se entiende de que manera y de que forma, con que métodos y con que contenidos el catolicismo fue implantado entre nosotros.

A nivel local y a nivel nacional (que es otro modo de lo propio) se ha corrido el riesgo de mirar demasiado hacia fuera buscando modelos (o siguiendo ‘modas’) para aplicar pastoralmente y se evita una mirada hacia dentro lo que explica el poco espacio que suele otorgarse a la propia historia como interpretación y reconstrucción de la experiencia pastoral realizada en el pasado.

Se impone en consecuencias para los formandos no solo un conocimiento teórico de lo acontecido en el pasado –como mera narración de lo sucedido- sino una reflexión valorativa de los modos en que se llevó a la práctica la transmisión de la fe lo que serviría para evitar en primer lugar la tentación de muchos sacerdotes de creer que la historia comienza con ellos y que en no pocos casos los lleva a hacer ‘tabula rasa’ con lo realizado por sus predecesores o a cambiar el perfil que las comunidades a ellos encomendadas han ido construyendo a lo largo de su historia, pero sobre todo a aprovechar las enseñanzas y utilizar formas de obrar mas aptas que se adecuen al tipo de personas, a las características del pueblo, a sus costumbres, tradiciones y mentalidades.

Todo esto implica un análisis no exclusivamente sociológico sino desde la perspectiva PECADO-GRACIA lo que nos permite descubrir que en esa historia a la que nos incorporamos como pastores, a pesar de las limitaciones propias de todo obrar humano, Dios ha obrado de modo amoroso.

Es en esa historia concreta (parroquia, institución, capellanía, asociación laical, etc ) en la que al sacerdote le toca ejercer su ministerio donde se produce el misterioso encuentro de pecado y gracia, experiencia que le debe ayudar a tener una actitud ante esa historia ni vergonzosa (como si todo hubiese sido malo) ni desvergonzada (como si lo malo no lo fuese tanto) en la inteligencia de que la gracia finalmente triunfa sobre el pecado.

El conocimiento de la propia historia y los testimonios que de ella perduran (documentos, construcciones, imágenes, libros, partituras musicales y exvotos entre otros) no es de importancia menor, a su vez, ya que los formandos serán en el día de mañana sus custodios y de ellos –en consonancia con las directivas del Obispo a tenor del Canon 491- dependerá en gran medida su conservación y acrecentamiento o por el contrario su mutilación o desaparición.

Conocimiento necesario finalmente, ya que es como el mapa genético de nuestra vocación sacerdotal, -el carné espiritual del cual habla el Papa- y constitutivo esencial de nuestra identidad de diocesanos, que determina nuestra espiritualidad y nuestra praxis pastoral.


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