miércoles, 20 de junio de 2007

ALGUNOS ASPECTOS DE LA HISTORIA ECLESIAL SANTAFESINA

LOS APORTES DE LA IGLESIA A LA CONSTRUCCIÓN DE LA COMUNIDAD SANTAFESINA*
(Síntesis de algunos aspectos)

Desde los orígenes mismos de la comunidad santafesina y hasta nuestros días, el catolicismo ha sido un activo protagonista de su historia, por la acción tanto de sus estructuras e instituciones como de sus miembros, sean éstos clérigos o laicos. Sin triunfalismo pero tampoco sin falsos pudores, Mons. Vicente Faustino Zazpe recordaba en 1974, con motivo del IV Centenario de la Fundación de Santa Fe: "En esta celebración, es justo destacar el valor religioso como valor originario y concomitante en la gestación de la comunidad", agregando a renglón seguido que "el cristianismo no sólo ha acompañado la gestación de la comunidad, sino que estaba en la matriz de esa gestación y siguió siendo sangre y nervio de su historia".
No caben dudas de que este catolicismo -con aciertos y errores, con luces y sombras- ha compartido y acompañado las vicisitudes históricas que han vivido los habitantes de nuestra ciudad y su región: desde la preocupación que manifestaron los primeros misioneros a favor de los nativos, hasta la solidaridad manifestada cuando ocurrió el desborde del río Salado en el 2003, cuando trabajaron codo a codo creyentes y no creyentes; desde la presencia educativa en la primera cuadrícula de la ciudad, hasta su inserción actual en las grandes barriadas trabajadoras o en los sectores marginales, donde en muchos casos ha precedido a la acción del Estado.
Consideramos que, a grandes rasgos, la historia de la Iglesia y del catolicismo entre nosotros se puede encuadrar en las siguientes etapas: evangelización constituyente o cristiandad colonial (siglos XVI al XVII), crisis independentista (1810 a mediados del siglo XIX), el desafío de la "Argentina Nueva" (década del '60 hasta 1930) y la urbanización, promoción de los derechos sociales y defensa de los derechos humanos (desde 1940 hasta la década del '80).
En cada uno de estos momentos hubo actitudes, personalidades e instituciones que se destacaron y merecen ser recordadas, no sólo por su pertenencia eclesiástica sino por su aporte al progreso santafesino, o al posicionamiento de nuestra sociedad local en el marco nacional.La cristiandad hispanoamericana.
Esta etapa se extiende desde la Fundación de Santa Fe en 1573 hasta pasada la Independencia, ya que el fervor revolucionario no logró cambiar los valores culturales de esta comunidad asentada sobre el espacio reducido que hoy conocemos como "costa", aquello que no es llanura ni Chaco, zona que tendrá protagonismo en etapas posteriores.

Las órdenes religiosas
Protagonistas principales e indiscutidas en los primeros tiempos de la vida de la ciudad fueron las órdenes religiosas, no sólo en lo específicamente espiritual sino también en todo aquello que tenía que ver con la promoción social y cultural de españoles, criollos, mestizos e indígenas.En primer lugar, los franciscanos asentados desde el inicio de la vida ciudadana abocaron su esfuerzo a la atención pastoral de los indígenas aunque sin demasiado éxito, ya que los mismos pronto desaparecieron.
La preocupación por su buen trato -tal como se refleja en el Sínodo de Asunción de 1603 en el cual tuvieron un fuerte protagonismo-, el acompañamiento de los laicos que integraban la Venerable Tercera Orden, diversas cofradías que se asentaban en su convento y la educación de los niños en su humilde escuela en el espíritu de simplicidad del poverello, fueron aspectos centrales de su oración.También a ellos les debemos el legado -ya en el actual emplazamiento de la ciudad- del templo que constituye una verdadera joya del arte colonial, especialmente si se tiene en cuenta la "pobreza de la tierra" en la época de su construcción.
Quien la visite se encontrará con un exquisito artesonado en el que se puede observar la síntesis cultural obrada en este nuevo mundo, imágenes de gran valor histórico -como la Inmaculada de Garay, San Antonio "el naufragado" o el San Benito de Palermo, popular entre los descendientes de africanos- y sepulturas de prominentes santafesinos, entre ellos la del brigadier López.Junto a ellos, figuran otros mendicantes como los mercedarios, cuyos orígenes en Santa Fe hay que datarlos hacia la década del '40 del siglo XVII y los dominicos, desde 1603, con una vasta actuación entre los moradores de estancias y en la atención de los indígenas, especialmente tras la expulsión de los jesuitas.
Finalmente, están los padres de la Compañía de Jesús, cuyo ascendiente sobre los santafesinos se inició en las primeras décadas del siglo XVII, por su labor educativa y por su medular método misionero entre los mocovíes y abipones venidos de las profundidades del Chaco, como por su actividad económica.
Baste mencionar al respecto a sus estancias -que constituían verdaderas unidades de producción- y a la existencia en Santa Fe de la Procuración de Misiones, que comercializaba la producción de las Reducciones del Paraguay y el sur de Brasil.Ligado a ellos aparece el culto, que ha perdurado por más de tres siglos y medio, a Nuestra Señora de los Milagros, en torno de aquella pintura de la Inmaculada que, pintada por el Hno. Berger, sudó el 9 de mayo de 1636.
El extrañamiento de los padres de la Compañía en 1767 debilitó la tarea evangelizadora y educativa en nuestro medio, especialmente en aquellos centros de promoción humana y social que eran las reducciones en las cuales se introducía a los nativos en la cultura del trabajo, la previsión (que liberaba del nomadismo) y la organización familiar.

Hernandarias
Hernando Arias de Saavedra había nacido en Asunción y se casó en Santa Fe con doña Jerónima Contreras, hija mayor de don Juan de Garay. Ciertamente, la actividad por él desplegada se inscribe en aquella relación Iglesia-Imperio que caracterizaba aquel momento histórico, lo cual sin embargo no va en desmedro de la sinceridad del proceder de este "hijo de la tierra",cuando asumió la protección y defensa de los indígenas a pedido del Sínodo de 1603 que se celebró en su ciudad natal y que lo tuvo como partícipe principal junto al obispo Martín Ignacio de Loyola.
Allí se le solicitó que mandara a reducir a los nativos para poder evangelizarlos y promoverlos humanamente, sustrayéndolos de la encomienda, a lo cual no sólo respondió positivamente apoyando a los padres franciscanos en la tarea que ya se encontraban realizando, sino que también impulsó a los jesuitas para que asumieran esa labor.
Pero además, el 29 de noviembre de ese año promulgó sus célebres Ordenanzas, que algunos consideran verdaderamente avanzadas en lo que refiere al trato que debía brindársele a los naturales encomendados. También pueden considerarse precursoras en materia laboral las que, al decir de Mons. Zazpe, expresan "... el cristianismo que afirma la dignidad del indio y que condena en nombre de Cristo, las violaciones de los encomenderos".

Florian Paucke
Este sacerdote jesuita nativo de Witzingen (Silesia) había nacido en 1719 y arribado al Río de la Plata en 1749.
Tras un corto período en Córdoba se afincó entre nosotros, pasando la mayor parte de su vida apostólica entre los mocovíes.
Su tarea evangelizadora ha merecido diversos estudios; pero aquí nos interesa resaltar su labor como cronista, que nos permite a más de doscientos años de su retorno a Europa tras la expulsión de la Compañía, conocer las características de las gentes, el suelo, la fauna y la flora de nuestra región, de la cual muchas especies han desaparecido o transmutado.
A sus escritos, que abarcan más de 1.000 páginas en dos volúmenes, hay que sumarle una serie de láminas dedicadas a la flora (37), a la fauna (33) y a trajes y costumbres (34), que reflejan en más de un 80% la entonces frontera norte de Santa Fe.Estas láminas -que en su borde interior miden 12 x 15 cm- son de valor desigual. Muchas han sido coloreadas, en tanto a otras les falta la explicación pertinente, y en su gran mayoría han sido utilizadas por investigadores de distintas tendencias, a la hora de ilustrar trabajos que pivotean sobre esta etapa histórica.
Tanto en el texto como en los grabados y más allá de la reivindicación de la obra jesuítica, el autor, con un estilo que a veces parece "burdo y tosco", refleja la fascinación que nuestro terruño generó en un europeo -más precisamente germano- del siglo XVIII, con un alto grado de formación intelectual y técnica y que quiso dejar como testimonio para las generaciones venideras. Gracias a Paucke, podemos decir que esta región marginal del continente ingresó con fuerza propia a los estudios, que carentes de otros registros gráficos lo han utilizado profusamente.

Blanca de Godoy
En el proceso de consolidación obrado por España en territorio americano, la mujer ha jugado un papel fundamental, especialmente en lo referente a la conservación y transmisión de valores que encontraban su nutriente en el cristianismo .Entre estas mujeres, no podemos dejar de mencionar a Blanca de Godoy, una santafesina nacida a mediados del siglo XVII y fallecida en 1734, que suscitó la admiración de sus contemporáneos por sus virtudes personales y sociales, al dedicar buena parte de su existencia a la atención de los pobres y necesitados.
Ligada a la Compañía de Jesús, fundó la entidad llamada "Beatas de la Compañía", quienes se dedicaban a la instrucción elemental y religiosa de las niñas y adolescentes. Con ese fin erigió un "Beaterio", concretando de esa manera el fallido intento de Hernandarias en 1615, con la "Casa de Recogidas".

Juan Baltasar Maziel
No pocos sacerdotes de origen santafesino y pertenecientes al clero secular se destacaron fuera de nuestra ciudad. Por ejemplo: Juan Blas Troncoso (rector de la Universidad de San Felipe en Chile), Francisco Javier de Echagüe y Andía (rector de la Universidad de San Marcos en Perú) y Juan Baltasar Maziel, como así también, entre los jesuitas, Cristóbal Altamirano, Buenaventura Suárez y Francisco Iturri.En estas páginas queremos ocuparnos de Juan Baltasar Maziel.
Nacido en Santa Fe en 1727, partió hacia Buenos Aires acompañando al obispo De la Torre tras su visita a Santa Fe en 1764, donde además de los servicios eclesiásticos que le tocó desempeñar -entre otros el de vicario general y gobernador eclesiástico en sede vacante- se destacó por su actividad intelectual al punto que poseía una de las bibliotecas más nutridas -si no la más nutrida- de la capital del Virreynato.
También fue cancelario y regente del Colegio de San Carlos en Buenos Aires, y le cupo en éste la tarea de redactar sus reglas y estatutos.
Pero sobre todo, se lo considera el precursor de la literatura gauchesca a partir de la composición titulada "Canta un guaso en estilo campestre los triunfos del Excmo. Señor D. Pedro de Cevallos" que se caracteriza por la utilización, sin ningún tipo de rubor, de los giros propios de los hombres de la tierra. Al punto de escribir: "Perdone, señor Cevallos,/mi rana silvestre y guaza / Que las germanas de Apolo/ no habitan en la campaña". Composición que comienza con el conocido: "Aquí me pongo a cantar/ debajo de aquestas talas..." que con leves diferencias inicia el poema gaucho por excelencia, que es el Martín Fierro.

Francisco Javier de la Rosa
En un sentido distinto se destacó este laico nacido en las primeras décadas del siglo XVIII, quien eligiera la vida ermitaña y penitente para imitar a los padres del desierto y la pobreza según el espíritu de Francisco de Asís.El influjo de los primeros lo volcó como herencia para nuestra época tan llena de ruidos y huidiza del "desierto interior" en sus "Soledades de vida y retiro penitente por amor a la virtud y menosprecio del mundo" escrito en 1775.
Para "evitar el ocio" y la "impronta franciscana" lo encontramos en su pertenencia a la Venerable Tercera Orden, en la elección del 4 de octubre (festividad de San Francisco) para dar inicio a su obra más perdurable y la fundición de la campana "la Carachosa" destinada al Convento de Santa Ana (iglesia de San Francisco), entre otros trabajos que realizó para la orden.
Su aporte mayor a la proyección de Santa Fe fue su profunda devoción a la Virgen María en su advocación de Guadalupe y cuyo culto quiso actualizar en las tierras de los González Setúbal, al punto que construyó el oratorio a ella dedicado, a la misma distancia que mediaba entre el Santuario mexicano y la capital azteca.
Lo que Francisco Javier de la Rosa no pudo ver, aunque hoy miles de peregrinos recorran la avenida que lleva su nombre, es que aquel humilde oratorio que comenzó a construir en soledad, con el devenir de los años sería uno de los lugares de encuentro por excelencia para los santafesinos, no sólo religioso sino también en el plano social. Primero fueron los criollos, mestizos e indígenas.
Luego -a partir de fines del siglo XIX- criollos y "gringos". Y ya en el siglo XX, el mundo urbano santafesino y los nuevos migrantes que provenían de las regiones pobres y deprimidas de esta provincia y provincias vecinas. En nuestros días, la peregrinación anual reúne a los distintos sectores que componen esta sociedad (trabajadores, clase media, desocupados, marginales, sin techo, presos, etc.).

La crisis independentista
A partir de 1810 se inició en nuestro país un proceso de cambio en el que los "hombres del puerto" deseaban transformar de raíz la cultura que se había desarrollado en los siglos precedentes, a fin de lograr la adecuación a los nuevos tiempos. Santa Fe, que colaboró activamente con el proceso independentista aportando hombres, dineros y logística a las campañas libertadoras, no se dejó tentar por aquel vértigo revolucionario ni participó del modelo iluminista que se intentó imponer en la década del 20 al 30.

José de Amenábar
Una de las mentes más lúcidas que tuvo Santa Fe en aquel período fue el padre Amenábar, nacido en esta ciudad en 1784, educado en Chile -donde obtuvo los grados académicos en la Universidad de San Felipe y se ordenó sacerdote-, para luego volver a su ciudad natal y reemplazar en los primeros tiempos de la Revolución al venerable Vera y Muxica, injustamente deportado por los patriotas.
Con razón se lo ha llamado "El ángel tutelar de Santa Fe", ya que en las invasiones de los porteños a la ciudad, cuando los hombres huían para no ser hechos prisioneros e incorporarse a la resistencia y las mujeres quedaban a merced de la soldadesca, era uno de los únicos que con su presencia evitaba males mayores.Su trabajo a favor de la construcción de una patria nueva fue fundamental, teniendo una destacada actuación en la Asamblea del año XIII y en otras convenciones y búsquedas de acuerdos producidos en el marco de las guerras civiles que enlutaban la naciente Argentina.
Durante varios años ocupó cargos públicos; fue el gran consejero del Brigadier López, ayudándole a discernir las políticas más convenientes al bien común o atenuar las violencias propias de aquel momento.
José de Amenábar es una de las figuras liminares de Santa Fe, que en tiempos de anarquía y desorientación, no sólo pastoreó con sabiduría y fervor apostólico al rebaño santafesino, sino que asumió su compromiso cívico y, sobre todo, ayudó a enlazar lo mejor de la modernidad con el sustrato cultural recibido.

Brigadier Estanislao López
Educado con los principios cristianos en la humilde escuela que regenteaban los franciscanos, puede decirse que en medio de la violencia del ambiente que caracterizaba su época y las cualidades militares que ostentaba, el lema "paz y bien" había calado profundamente en su conciencia, razón por la cual consideraba a la guerra como la "última ratio" y trataba de preservar la paz "... un bien tan inestimable que la Iglesia Católica clama diariamente...", como oportunamente le recordara a Rosas.
No exento de violencias personales e institucionales, creemos que el Brigadier López trató de llevar adelante una política que aunaba la tradición con las nuevas ideas, lo cual explica que no sólo reclamara para su provincia como para todo el país la centralidad del catolicismo, sino que frente a los ilustrados que querían construir un país de espaldas a América latina, proclamara que todo sudamericano era santafesino.

Construcción de templos
A partir del fenómeno inmigratorio, que tímido al principio y avasallador luego, a través de la colonización espontánea se derramó sobre nuestras feraces praderas, la Iglesia en Santa Fe -que se encontraba más bien estancada- adquirió un dinamismo singular, primero con el obispo Gelabert y Crespo y luego con Mons. Juan A. Boneo.
Por cierto que el catolicismo no era demasiado tenido en cuenta en muchas de las mentalidades dispuestas a construir el país nuevo, y el ferrocarril -al decir de Juan B. Alberdi- pasó a ser el nuevo símbolo de la civilización como antes lo habían sido las iglesias.
Sin embargo en nuestra provincia los templos se convirtieron en uno de los reclamos más sentidos de los nuevos pobladores -especialmente los que se asentaban en áreas rurales-, ya que por un lado expresaban su sentido religioso y por otro, el del progreso de las nuevas comunidades que surgían por doquier.
Esta afirmación no tiene nada de antojadiza, ya que la compartían los pastores y buena parte de la nueva dirigencia, y si en 1888 Mons. Gelabert y Crespo escribía que "... en las colonias se observa este empeño verdaderamente extraordinario por levantar espaciosos y bellos templos debido, aparte de la piedad probada del colono a la convicción que existe de que una iglesia es la mayor garantía de la prosperidad de una colonia y su rápido adelanto", el año anterior Gabriel Carrasco no dudaba en afirmar ante los miembros del Instituto Geográfico Argentino (que reunía a lo más granado de la nueva ciencia positivista) que en Santa Fe no había centro de civilización y de progreso más importante que la Iglesia.
En la ocasión, el célebre censista explicaba que el colono estaba acostumbrado a hacer leguas y leguas para asistir a misa, ocasión en que realizaba las compras, y por lo tanto éste iba sólo a los lugares comerciales que tenían templo, lo cual implicaba un "... progreso tan grande para los pueblos que tienen iglesia, que en los que no la hay los vecinos se apresuran a construir al menos una capilla".
En 1895 el Censo Nacional señala que en "... las nuevas colonias cuyo centro está constituido por un pueblo naciente, la iglesia es el centro en cuyo derredor se desarrolla la edificación", concluyendo que "... el sitio preferido en cada pueblo es la cercanía de la iglesia, ésta se rodea pronto de las primeras casas y resulta así que cada templo es un nuevo signo de progreso".Mientras que el ferrocarril fue cediendo su lugar en el imaginario de los pueblos del interior provincial, el templo y su campanario siguen haciendo a la identidad de estas comunidades tal como lo refleja la poetisa galvense Amelia Biaggioni: "Aquí está el caserío soñando entre cereales:/Iglesia -como crece y echa su torre!-, hotel,/ fonda rival de sopa sabrosa sin mantel,/ y próspero negocio de ramos generales".
En una ciudad que a grandes pasos abandonaba su pasado colonial y levantaba al decir de Mons. Gelabert y Crespo "el edificio del progreso" -las grandes construcciones decimonónicas-, los católicos asumieron la tarea de construir bellos templos como el de la parroquia del Carmen, el del santuario de Guadalupe y el del convento de Santo Domingo y las capillas de los colegios del Huerto, Adoratrices y Sagrado Corazón, que serían como la coronación de aquel edificio y recordarían a los constructores de la Santa Fe moderna la necesidad de elevar la mirada y pensar en la vida eterna.

Las congregaciones educacionistas
En virtud del crecimiento que experimenta nuestra población a partir de las últimas décadas del siglo XIX, la educación será un campo propicio para la actividad de la Iglesia.
Mons. Juan A. Boneo será un tenaz impulsor de la educación de las nuevas generaciones -y él mismo creará en 1902 el Colegio de Artes y Oficios-, encontrando en las órdenes y congregaciones religiosas el más decidido apoyo.
En la ciudad capital descollaba -como no podía ser de otra manera- el prestigioso Colegio de la Inmaculada Concepción que regenteaban los padres jesuitas y que en el marco de su Ratio Studiorum abordaba todo lo que tuviese que ver con la vida en sociedad y el progreso de la sociedad.Baste citar al respecto sus gabinetes de Física y Química, su Museo de Historia Natural, la estación meteorológica y la Academia Literaria.En el corazón del barrio Candioti florecía el Colegio Jobson de Artes y Oficios, el cual a partir de 1904 fue dirigido por los Hermanos de La Salle, quienes en 1910 matriculaban cerca de 500 alumnos, muchos de ellos hijos de trabajadores a quienes se les instruía en los niveles primario, comercial e industrial.Además existían las llamadas "clases gratuitas" para el aprendizaje de oficios.
Con respecto a las religiosas, podemos destacar las del Huerto -las primeras en asentarse en Santa Fe- con su colegio abierto a todas las clases sociales; las Adoratrices, quienes a partir de 1890 se establecieron en el sitio de su actual emplazamiento y junto a las materias propias de la enseñanza primaria dictaban clases de dibujo y aclamación, y muchas de sus alumnas asistían en forma gratuita; las Esclavas del Sagrado Corazón que optaron por el límite oeste de la ciudad, alejadas del centro y en un medio caracterizado por la pobreza para dedicarse a la educación de la niñez y a la formación de adolescentes y jóvenes destinadas al servicio doméstico; las Terciarias Franciscanas de la Caridad que sostenían el Conservatorio Santa Isabel y se ocupaban del cuidado e instrucción de niñas huérfanas y las Hermanas del Calvario de origen francés.Hay que recordar también a las Hijas de la Inmaculada con el Asilo Maternal y a las Hermanas Dominicas del S. S. Nombre de Jesús con su Asilo de la Sagrada Familia.
Más ligadas al desafío que implicó el crecimiento urbano y el ascenso de los sectores trabajadores se incorporaron a esta tarea los padres salesianos, los oblatos de María Inmaculada, los Padres Concepcionistas (colegio San Cayetano), los Agustinos y las Hermanas del Colegio María A. Verna.Todas estas obras educativas contribuyeron no sólo a la educación de niños y adolescentes sino a una verdadera promoción y progreso de los barrios en los que se asentaron y a la conformación de la clase media santafesina.

El apostolado Vicentino
Bajo esta denominación genérica queremos describir la tarea a favor de los sectores más desprotegidos de nuestra sociedad que llevaron adelante hombres y mujeres asociados a la Conferencia Vicentina de San José y la Conferencia Vicentina de la Sagrada Familia.Los primeros fundaron en 1908 el asilo de mendigos S. Vicente de Paul en el sitio ubicado en Mendoza y Bv. Zavalla, ahora convertido en hogar de ancianos.Su edificio llegó a alojar hasta 110 personas carentes de recursos, que solían vivir en las calles y de la caridad pública o privada cuando no existía la previsión social.Las "vicentinas" por su parte corrieron con la construcción del entonces denominado "hogar de pobres vergonzantes", situado en calle Francia al 1800, donde actualmente se encuentra el hogar de ancianas, el cual comenzó a funcionar en 1910 con capacidad para 31 asiladas.
Otra institución fundada por católicos sociales que merece ser recordada fue Emaús, bajo la inspiración del Abbé Pierre, hacia los años '50/'60.Mons.

Alfonso Durán
Conocido popularmente como el padre Durán, este sacerdote nacido en Puerto Rico en 1883 estaba profundamente identificado con nuestra ciudad, a la que llegó con sus padres inmigrantes cuando contaba con tres años.Encarnaba un tipo especial de sacerdote, que sin mengua de su vocación se abría al campo de la cultura y la promoción humana tal como se la entendía en aquel tiempo, y de esta manera -sin descuidar su ministerio- se expandía a través de la literatura, la cátedra, el periodismo y la preocupación social.
Ante el drama que en la Santa Fe de entonces -los años treinta- significaba la niñez abandonada y desvalida -donde no eran raros los infanticidios- más que a la denuncia de tales aberraciones va a ofrecer la alternativa de la casa-cuna inspirándose en la obra de S. Vicente de Paul.
Así, en el terreno ofrecido por las mujeres "vicentinas", de su propio dinero construyó el edificio destinado a recibir a los niños no queridos por sus progenitores -cualesquiera fueran las razones- que se conoce como hogar Atanasia Duarte de Durán que aún se yergue en Mendoza y San Juan.
Como escritor publicó en verso y en prosa, siendo los más importantes de sus trabajos en el campo literario "Los mártires ignorados" y "Los argentinos"--obra esta última que contribuye a la construcción del imaginario de la "nación católica"- a lo que debemos agregar la Virgen de Guadalupe en Santa Fe sobre nuestro culto local a la aparición mexicana.
También es de destacar su labor educativa realizada más allá de los marcos confesionales, ya que ejerció la docencia en la Escuela Industrial Superior y en el Colegio Nacional Simón de Iriondo y su preocupación por la problemática de sus colegas, que lo convirtió en el gran animador de la Asociación del Magisterio Católico y de la construcción del Hogar del Maestro.
Finalmente resaltamos que en momentos en que no pocos ciudadanos se sentían atraídos por la experiencia alemana que encarnaba el nazismo, él se mostró firme en la defensa de los valores democráticos y en la repulsa al antisemitismo del que hacía gala el Tercer Reich.

Monseñor Nicolás Fasolino
Dotado de singulares cualidades intelectuales y de gobierno, pastoreó la Iglesia en Santa Fe en 1932, trascendiéndola, ya que su proyección fue a nivel nacional, al punto que el investigador L. Zanatta lo considera como uno de los más activos protagonistas del reposicionamiento del catolicismo en la primera mitad del siglo XX.
Un primer aspecto a señalar tiene que ver con su vocación de historiador, que lo llevó a recuperar la memoria de sacerdotes santafesinos olvidados y a participar activamente en la constitución de la Junta de Estudios Históricos de la provincia de la cual fue presidente, como así también a nivel nacional de la Junta de Historia Eclesiástica.
También cabe hacer referencia al impulso y apoyo desplegado a la publicación del diario La Mañana, el cual, como lo muestran los avances del tesista L. Quintana -ahora Licenciado- , se estructuraba al estilo de los grandes diarios y que logró permanecer varias décadas, superando el estilo y duración de las "hojitas parroquiales" como suele considerarse a este tipo de periodismo.
Sin embargo, su mayor aporte al progreso de la ciudad -ligado por cierto a su gobierno pastoral- fue la creación de una serie de parroquias en los barrios que a partir de los años '40 crecían aceleradamente más allá de los bulevares, extendiéndose sobre todo hacia el norte pero también al oeste y al sur, con calles de tierra, mal iluminadas y carentes de la estructura socializadora básica.Supo inteligentemente entregar la franja ciudadana que crecía entre Aristóbulo del Valle y el Salado a congregaciones religiosas que por su espíritu corporativo podían afrontar el desafío como los salesianos (Don Bosco), Orden de María Inmaculada (Luján) y los Siervos de la Caridad (El Tránsito) y otras zonas al clero diocesano: Jesús Sacramentado, Santa Teresita, San Antonio, La Merced, San Roque, Lourdes y Fátima, las cuales junto con sus párrocos (Dusso, Di Stéfano, Blanchoud, Pensato, Zanello, Silvestrini, Günter, Espinosa y Gasparotto, entre otros) se convirtieron en referencias ineludibles para la vida barrial, su crecimiento, su elevación espiritual, moral, educativa y hasta deportiva.
En este marco sobresale la actividad del Pbro. Antonio Rodríguez con su Obra de Barrios, verdadera escuela de formación social que canalizó la vocación de servicio de muchos jóvenes en los años '50, entre ellos el Pbro. Atilio Rosso.

Monseñor Vicente Zazpe
Su diminuta figura física se proyectó a nivel latinoamericano, especialmente en Puebla donde contribuyó a la redacción de uno de los nudos centrales de aquel documento episcopal tan importante para la evangelización de nuestro continente.
En Santa Fe le tocó acompañar con la erección de nuevas comunidades parroquiales, no ya el ascenso de los sectores trabajadores como aconteció con Mons. Fasolino, sino el establecimiento y consolidación de los sectores empobrecidos constituidos por migrantes provenientes del norte provincial y la vecina provincia del Chaco.
Pero, sobre todo, su episcopado quedará marcado por su defensa incondicional de los derechos humanos, violentados durante la noche oscura que se abatió sobre la Argentina a partir de mediados de los '70, primero llamando a la construcción pacífica de la justicia social en una sociedad que se desangraba y luego denunciando los abusos cometidos por una represión a todas luces ilegítima en virtud de la metodología utilizada.Pero no se limitó a ser sólo una voz que clamaba en el desierto sino que recibía a los familiares de los detenidos o desaparecidos, realizaba gestiones ante quienes tenían poder de decisión y por sobre todo, visitaba a los presos políticos en las cárceles en que se encontraban detenidos, siendo en este caso notable descubrir que hombres tan dispares y de concepciones diversas como Alaniz o Maguid -por entonces presos en Coronda- experimentaron en estos encuentros no sólo una solidaridad humana valiosa en sí misma y más en esas circunstancias, sino el reflejo del espíritu con el cual Zazpe vivía.

Josefa Díaz y Clucellas
Nacida y criada en la entonces ribera (la curva de las calles S. Luis, Rioja y Rivadavia hasta J. de Garay) en el seno de una familia de comerciantes, "Pepa" Díaz se destacó entre los santafesinos ya antes de su consagración religiosa en 1894 en la Congregación de las Hnas Adoratrices.Dotada de un buen pasar económico, destinó su dinero a las dos grandes actividades que enmarcaron su vida: el amor al prójimo y el arte.
Así era posible ver que, quien retrataba a las principales figuras de la sociedad y a sus amistades y pintaba exquisitas naturalezas muertas, se prodigaba a favor de los pobres de la ciudad, recorriendo las barriadas donde éstos moraban y aportando de su peculio para levantar obras sociales.
Por su labor pictórica, en 1871 la Honorable Asamblea de Representantes de la provincia le obsequió una medalla de oro, y en 1874, el presidente Domingo Sarmiento visitó su taller de trabajo.Discípula del italiano Héctor Facino, poseía un don innato para la pintura, caracterizándose por crear obras que superaban ampliamente su instrucción artística y que no dejaban de sorprender en aquel contexto histórico.
La primera pintora santafesina, una laica verdaderamente comprometida, coronó su vocación cristiana y amor a la belleza ingresando en la vida claustral. Se dedicó entonces a la pintura religiosa, hasta fallecer en 1917 cuando contaba con 65 años de edad.
En su memoria, el Municipio santafesino denominó con su nombre al Museo de Artes Visuales.


* publicado en el Suplemento: Los que hicieron Santa Fe, del diario EL LITORAL