viernes, 3 de octubre de 2008

UN PORTERO, SIERVO DE DIOS. JOSE MARCOS FIGUEROA sj

P.Alejandro GAUFFIN SJ
Pbro. Edgar G. Stoffel


A lo largo de la obra sobre la Compañía de Jesús en Santa Fe publicada semanalmente en forma de fascículos por el diario ‘EL LITORAL’ no hemos podido sino admirarnos de la ingente tarea llevada adelante en nuestra tierra por parte de los hijos de San Ignacio de Loyola y que abarca los más diversos aspectos y quehaceres: desde la piedad hasta la explotación ganadera y desde la enseñanza cualificada de sus aulas hasta las reducciones de mocovíes y abipones.
Una empresa de envergadura, animada no por la búsqueda de gloria humana, sino por el deseo de santidad que ha animado a sus miembros a lo largo de estos cuatro siglos.
Es en éste marco en el cual debemos situar al Hno. Figueroa, quien sin ser autor ni mentor de fastos memorables, compartió con tantos otros compañeros destacados la búsqueda de la santidad, ya que ésta es la vocación de cada cristiano.
Al respecto nos recuerda el Concilio Vaticano II, que “todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” (Lumen Gentium II).

Sus orígenes
Al realizar su ego al ingresar al noviciado de la Compañía en Córdoba, se presentaba como un “ ... labrador”, es decir un hombre acostumbrado al trabajo monótono y paciente que acompaña el crecimiento y desarrollo de la planta, hasta que ésta fructificada sirve a otros.
Había nacido en Tinajo, un pequeño poblado de la difícil geografía de la isla de Lanzarote, en Canarias, el 7 de octubre de 1865, siendo sus padres Nicolás y Rafaela Umpierrez.
Como tantos otros canarios pertenecientes a los estratos más humildes y empobrecidos de aquella sociedad, toda su familia (otra nota característica de ésa inmigración) partió hacia el Uruguay algunos años más tarde, ya que éste país junto con Cuba, fueron los más atractivos, al punto que constituían el 65% de los españoles y el 17% de los extranjeros.
Ya asentados en Santa Lucía en el Dpto. de Canelones, compartió con sus padres las labores agrícolas- como acontecía con la mayoría de sus coterráneos- hasta la edad de 20 años, tiempo en que la familia subsistía con cierta dignidad pero no lo suficiente ya que apenas pudo asistir cuatro meses a la escuela.
Su vida de piedad es simple y sencilla como su existencia cotidiana: rezo del Rosario y repetición de las verdades de la fe aprendidas en le catecismo y transmitidas a sus hermanos menores.
Ingreso a la Compañía de Jesús
Sin embargo esto no parecía conformar al joven José Figueroa, ya que su corazón aspiraba a algo superior y allí cuando “deseoso de mejor vida” no en el sentido corriente y materialista que se le da al término, decidió su ingreso a la Compañía de Jesús, no para alejarse de una vida dura y sin perspectivas que le ofrecía el campo uruguayo, sino para llevar una vida tan exigente como aquella desde una perspectiva más profunda.
Ingresado al noviciado de la Compañía en Córdoba el 12 de agosto de 1886, tras unos meses de aspirantado en Montevideo, realizó su profesión religiosa el 15 de agosto de 1888 en el Colegio de Santa Fe al cual había sido enviado algunos meses antes.
Durante este período en el cual no se destaca sobre los demás y sólo se registran las aptitudes fundamentales para alguien que quiere llevar adelante una vida de consagración plena, será afectado por la viruela, ocasión en que fue cuidad con solicitud amorosa por el hermano Rojas.
José Figueroa se sobrepondrá a la viruela, pero ésta se llevará al citado hermanos enfermero quién morirá agradeciendo al Señor su predestinación al Cielo, experiencia ésta que al parecer marcará profundamente al recuperado enfermo.

El portero de la Inmaculada
En una nota publicada por El Litoral del 14 de agosto de 1936, el Hno. José Figueroa recordaba al cronista: “Llegué a Santa Fe en 1888, siendo rector del Colegio el Padre Bustamante ... “ con lo cual comenzó su tarea silenciosa que perduraría a lo largo de 53 años, primero como ayudante y a partir de 1892 como portero del Colegio de la Inmaculada, por cuyas puertas ingresaban muchos de los futuros dirigentes de la sociedad santafesina, los hijos de los colonos de las feraz “pampa gringa” y los clérigos de la iglesia paranaense y luego santafesina hasta 1906 y hasta donde llegaban innumerables pobres solicitando una limosna y no pocos sacerdotes a comprar los libros que el hermano vendió hasta la mañana de su muerte.
Toda su vida consagrada podría resumirse en la expresión “cumplir con el deber de estado” iluminado por la máxima “en todo amar y servir”, que el hermano llevó hasta extremos heroicos.
En el fondo, el hermano Figueroa seguía siendo aquel mozalbete campesino, con la mirada elevada hacia Dios de quien le venía todo bien y hacia aquellos a quienes debía servir desde su humilde puesto de trabajo para que alcanzaran la meta propuesta.
En la portería recibía el llamado de tres teléfonos, atendiendo cada uno con solicitud, pasando mensajes, dando la hora exacta o los horarios de las misas en el tiempo en que la ciudad no contaba con relojes públicos, contestando infinidad de preguntas aún sobre las previsiones del tiempo emanadas del observatorio meteorológico que funcionaba en el colegio. Recibía a todas las personas que llegaban a la portería por diversos motivos y en cualquier momento del día, hasta en altas horas de la noche.
Respondía a los que golpeaban su ventana, en horas de reposo, pidiendo la extremaunción para algún familiar enfermo. Atendía los requerimientos de los alumnos y de todos con solicitud incansable.
Atendía además la librería que funcionaba en al portería del Colegio, se encargaba de la lavandería de la ropa de los pupilos. Se ocupaba de hacer sonar la campana en los horarios de la comunidad. A las nueve de la noche prendía las luces de la torre de la Inmaculada para señalarle la hora exacta a la vecina ciudad de Paraná.
Una piedad sencilla y acendrada
Si simple y trabajoso fue su quehacer cotidiano, no menos lo fue la oración en la que sostenía aquella existencia, razón por la cual a pesar de las diversas tareas que hemos reseñado siempre se hacía el tiempo para la misma.
Así era natural verlos transitar de un lado al otro del Colegio discurriendo las cuentas del Rosario entre sus dedos, concentrado a la vez en los misterios que meditaba y solícitos para las necesidades de quienes lo requerían.
Junto a esto, la oración solitaria en su cuarto ante el alta que había elevado en el mismo, centrado en Cristo crucificado, a quien acompañaban María Santísima con el Niño Jesús y el casto José, esposo de la Virgen y un texto sencillo, como sencillas eran las imágenes veneradas a través de las cuales entraba en intimidad con su Creador y gran capitán.
A esto debemos sumarle la mortificación de su cuerpo, espíritu que lo acompañó hasta su misma muerte, que no fue en el lecho de enfermo sino tendido al pie de su cama.

Su proverbial humildad
Como relatan los testigos de su muerte, pasó casi desapercibida, sin molestar a nadie como había sido su vida, al punto que no se ha dudado en llamarlo el santo de lo invisible.
Ésta característica del hermano Figueroa fue captada por el cronista del El Litoral que hemos citado más arriba al recordar su arribo a Santa Fe y que creemos es un testimonio valioso:
En ésa ocasión, tras recordar las circunstancias de su llegada a Santa Fe en 1888 el hermano guardó silencio, agregando la nota:
“Después el hermano Figueroa hace una pausa, ¡una pausa de cincuenta años! ¡una pausa que encierra una vida! ¡Una pausa que no cabe en un volumen de historia! Esa pausa nos obliga a enmudecer. Ni el más hondo afán del reportaje podría vencer la obstinada resistencia de un modesto hermano de la Compañía de Jesús que no quiere recordar, que no quiere decir. Y entonces, sólo entonces, comprendemos uno de los aspectos, tal vez el mínimo, del servicio de Dios: la reducción espiritual a la modestia, a la sublime modestia”.
No por conocido debemos dejar de resaltar aquel episodio con motivo de la recordación de sus cincuenta años de vida religiosa, en la cual siendo el centro de los homenajes trató de pasar desapercibido y habiendo recibido un pergamino recordatorio donde se exaltaban su servicio, tachó su nombre y dejó solo el de los firmantes.

Su paso al Padre
Iniciado el año 1942, el hermano Figueroa experimentó un fuerte quebranto de su salud, el segundo después de aquella viruela de los primeros años que lo dejó prácticamente sin fuerzas.
Destrozado su corazón continuó sin embargo prestando servicios a la comunidad e incluso llegó a restablecerse tras una neumonía que lo puso al borde de la muerte al punto que con mucha devoción y consuelo para su alma recibió los últimos sacramentos.
Así llegó al día de su muerte en la que fue precedido por su amigo, el hermano Bajetto y la agonía del padre Barrera, por lo cual la suya como ya señalábamos, pasó desapercibida.

Una vida santa
Tanto quienes estamos ligados al Colegio de la Inmaculada o a la Compañía de Jesús como quienes provenimos de otra historia eclesial hemos recibido un único testimonio acerca del hermano Figueroa: “ era una santo “.
Tal aseveración está preñada de admiración por una vida que no se ha destacado por las cosas hechas sino porque se ha edificado en el silencio del oficio de portero repetido siempre con la misma calidez humana como si no importase tanto para los demás y siempre tuviera el valor de lo infinito para Dios.
Fundamental en este sentido es el testimonio del Padre Cartillejo, quien señalaba: “Es necesario que los alumnos den un buen empujón a al causa de beatificación del Hermano Figueroa, que ejerció tantos años su cátedra en la portería del Colegio de la Inmaculada enseñándonos la lección de sus virtudes a todos los que formábamos la comunidad y a cuantos se acercaban a la Portería, El promotor de la Causa es el P. Carmelo Gangi, que está en Córdoba. Me he enterado que se ha tenido la suerte de registrar el testimonio de una hermana del Hno. Figueroa y que vivía en el Uruguay y que, a poco, falleció. No quisiera morir sin ver terminado el proceso diocesano, que es el de testimonios y comprobación de gracias ... ¡Fue un santo!. Todos los exalumnos lo dicen a una sola voz. Como rector, lo traté doce años de cerca; ¡si estaré convencido de su santidad!.”
entregado al Espíritu y fiel al carisma ignaciano hizo su Pascua y la testimonió diariamente al cumplir con heroísmo el deber de estado , seguro camino de santificación”.
Sin dudas, que el portero de la Inmaculada es un modelo vivo para un tiempo nuestro de muchas palabras, falta de cumplimiento de las obligaciones y dispersión espiritual, hablándonos con su silencio, el cumplimiento de un trabajo rutinario y su abandono en Dios.

Hitos de la Causa de Beatificación
Las gracias y favores que Dios concedió por el Hno. Figueroa, hace que en septiembre de 1950 se introduzca la causa de beatificación.
El 27 de septiembre de 1951, el Excmo. Sr. Arzobispo de Santa Fe, Monseñor Dr. Nicolás Fasolino nombra el tribunal delegado que ha de entender en la causa.
El día 8 de noviembre de 1952, ante incontable muchedumbre, fue trasladado el cadáver hasta la Iglesia de los Milagros.
Ese mismo día, al descubrirse el ataúd para reconocer el cadáver delante del tribunal eclesiástico, se encontró en perfecto estado, sano e incorrupto después de diez años de su fallecimiento.
El 9 de junio de 1992 el Postulador General de al Compañía de Jesús, nombra como Vice-Postulador de la causa de Canonización del Hermano José M. Figueroa al P. Alejandro Gauffin sj , para que continúe los trabajos necesarios para la marcha de éste proceso, contando con el total apoyo del Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, Monseñor Edgardo Gabriel Storni.
El 19 de noviembre de 1992 se recordaron los 50 años del fallecimiento Hno. Figueroa para dar gracias a Dios por todos los beneficios que ha concedido por su intercesión.
El 19 de noviembre de 1994 se celebró una misa de acción de gracias por el cierre del proceso diocesano con gran afluencia de fieles.
El 9 de mayo de 1995 se celebró la sesión pública de Clausura del Proceso y se enviaron a Roma las Acta del Proceso. A tal efecto fue nombrado portador de las mismas el R. P. Alejandro Gauffin sj quien las entregó en la Congregación de los Santos.