martes, 7 de octubre de 2008

María Antonia Godoy y Del Barco

Pbro. Edgar Stoffel

Una calle con su nombre atraviesa el corazón de la Villa Guadalupe desde 1931.
En 1765, el sanjuanino Martín de Godoy contrajo matrimonio con María Rosa de la Rosa. Por ella, se entroncaría con la heredad de los Setúbal quienes ya desde fines del siglo XVII se asentaban en la zona de la actual Guadalupe.
Del matrimonio nacerían José María, Mario Gregorio y Buenaventura o José Buenaventura, el padre de María Antonia. Sobre Mario Gregorio no hay mayores datos y a José María se lo encontró en documentos sobre la realización de algunas transacciones de tierras en 1858 a favor de Tiburcio Aldao y beneficiándose de la venta del terreno destinado a cementerio en 1862. En 1875, aparece entre los vecinos de Guadalupe señalados en el Informe de Tomás Furno. Estaba casado con María Luisa del Barco, quien fue la donante de las palmeras en el año 1825 y durante 50 años fue custodio de la imagen de Guadalupe hasta su muerte en 1886.
Buenaventura Godoy, nacido en 1801, se casó en 1825 con Buenaventura Barco y Maydana, hija de Miguel y Simona Maydana ya nacida en 1804. En el censo provincial de 1887 todavía vivía, manifestando en aquella ocasión tener 87 años de edad, ser propietario, nacido en Santa Fe, profesar la fe católica, no saber leer ni escribir y ser jefe de la familia que entonces componían Ventura Barco (su esposa) y sus hijas Benita y Antonia Godoy. Ciertamente, la familia era más numerosa, ya que su esposa había declarado tener 12 hijos.
De Buenaventura se dice que traficaba con los indios a quienes a cambio de cueros de nutria y carpincho y plumas de ñandú les entregaba caña y otros elementos de uso corriente. Al testar, declarará que la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe estaba asentada sobre tierras de su propiedad, las que había acreditado judicialmente como tales en 1869, ya que la documentación pertinente había sido extraviada.
A su muerte en 1888, su esposa y su hija María Antonia se convierten en guardianas del santuario. Acerca de Ventura Barco, Vicente Fidel López nos deja una pobre imagen cuando señala: "Guardaba el santuario una pobre mujer, sin más tarea que mantener encendida la vela que alumbraba una diminuta imagen metida al fondo de un nicho, que parecía un árbol de navidad por la cantidad de reliquias y talismanes, y otras cosas colgadas en derredor. Otro encargo de la guardiana era recoger el sebo que corría de la vela, pues era creencia que no hay mejor untura para males del cuerpo, incluso para el coto. Ella misma tenía uno enorme; y estaba convencida de que iba sanándole".
Al testar en 1893, dona a la curia eclesiástica (entonces del Paraná) la parte del terreno en que se encontraba asentada la capilla, en el deseo de que tras su muerte y la de su hija se hiciese cargo el Pbro. Severo Echagüe. Tal donación será aceptada recién el 18 de septiembre de 1900 por la curia santafesina y a partir de ese momento y por poco tiempo se establece una especie de condominio con María Antonia. Así llegamos a María Antonia Godoy y del Barco, la última representante de la familia en la custodia del santuario a partir de la muerte de su madre acaecida en 1894.
Ella misma llega a escribir en marzo de 1900 que "ha construido el edificio que existe al lado del templo en el deseo de dedicar el resto de mi vida a la adoración de la Ssma. Virgen de Guadalupe y de habitar en la vivienda en que hace más de un siglo se han venido sucediendo mis mayores".
El edificio de marras permaneció en pie hasta 1915 en que fue derrumbado, sirviendo hasta ese momento como casa parroquial. Con la llegada de Mons. Boneo como obispo de Santa Fe y su deseo de ordenar la vida diocesana, toma una serie de medidas, entre las que se encuentra la de sujetar el santuario a su jurisdicción episcopal, lo cual motivará el rechazo de María Antonia primero en la prensa y luego ante nuncio apostólico.
Oportunamente, había comunicado al obispo que aceptaba la superioridad y jurisdicción del diocesano a quien le entregaría con gusto todos los ornamentos imágenes y demás objetos de culto que existían en la capilla pero que no le entregaría la imagen que ella llamaba "la chinita" y que consideraba le pertenecía y de la cual no pensaba desprenderse jamás. Tal decisión la cumple el 15 de marzo de 1900 ante el Pbro. Natalio Bértolo y durante algunos meses esta mujer "diminuta, jovial y serena" guardó la imagen en su habitación para luego llevarla al Convento de los PP Dominicos, lo cual será rechazado por el obispo, por Auto del 22 de enero de 1901, originándose un conflicto en el cual se involucraría al mismo Nuncio Apostólico.
Previamente, con fecha 8 de enero de ese mismo año, María Antonia Godoy vendía la mitad de la manzana Nro 39 a Mons. Boneo, quien a su vez donaba dicho terreno hasta entonces litigioso a favor de la Diócesis de Santa Fe y para desarrollar el culto guadalupano.
Aquel conflicto generó una divisoria de aguas en la sociedad entre los que consideraban que el obispo abusaba de su poder frente a una persona mayor y sin demasiada instrucción, y por otra los que entendían que la defensa que hacía María Antonia tenía que ver con algún interés de tipo económico, ya que ella administraba las ofrendas que se le hacían a la Virgen. Lo cierto es que nadie puede dudar del amor a la Virgen que ambos profesaban.
En 1911, Mons. Boneo ratifica el Decreto de Mons. Gelabert y Crespo por el cual los restos de María Antonia Godoy y sus familiares deben ser sepultados en el santuario y ella, al testar en ese mismo año, deja 500 pesos para que se celebre anualmente una misa cantada a San Antonio en el Santuario y mil pesos al obispado para que el día de la fiesta de la Virgen, después de la misa principal se celebre una en su memoria.
El 31 de julio, entrega su alma conservando la frescura mental de una adolescente, a pesar de su vejez, como relata "Nueva Época" y al día siguiente era sepultada en el panteón de las Hermanas Terciarias Franciscanas con quienes había compartido los últimos años de su vida, previa Misa a los pies de su "chinita".
Muchos de los datos que conocemos sobre Guadalupe se lo debemos a su testimonio, aunque los mismos a veces son confusos o contradictorios o quienes los recogieron no siempre lo hicieron con fidelidad. Sus restos sepultados en el Cementerio Municipal esperan todavía su traslado al santuario.