sábado, 11 de octubre de 2008

GUADALUPE Y SU LAGUNA

Pbro. Edgar Stoffel

Cuando se habla de Guadalupe la mayoría de las personas relacionan el término con la Virgen y su Santuario o con la Laguna situada a pocas cuadras de este centro cultual en honor de la Madre de Jesús.

De hecho cuando alguien visita el Santuario, la Laguna es parte del periplo tanto en el siglo XIX como en nuestros días y lo mismos sucede a la inversa, por lo cual millares de familias y de escolares (ya que estas eran dos paradas inevitables) no han dejado de hacer dicho recorrido y esto incluso al margen de la fe profesada.

Lina Beck Bernard, mirando desde la capilla afirmaba que ‘algo mas lejos, entre las ondulaciones, divisamos la playa dorada de la Laguna Grande’ y en 1896 el cronista de la ‘Revista Santafesina’ señalaba que yendo de camino al Santuario se divisaba ‘al Oriente, la laguna de Guadalupe, que confunde allá a lo lejos el azul de su olas con el azul de los cielos’.

Ahora queremos referirnos a esta la llamativa y extensa cuenca lacustre ya que ella es un elemento referencial del contexto geográfico donde a partir del siglo XVIII se inició la devoción a nuestra Guadalupana.

De una superficie de 92 Km2 tiene una longitud (norte/sur) de 35 Km es alimentada permanentemente por los arroyos ‘Leyes’ y ‘Potreros’ y de modo intermitente por los Saladillos ‘dulce’ y ‘amargo’. En su margen éste la bordea un campo de médanos longitudinales mientras que en el oeste la ribera es más bien barrancosa.

Para muchos investigadores la zona en la que se inserta la Laguna es un área de transición ya que sobre ella convergen la llanura chaqueña, el ambiente pampeano, las tierras altas de Entre Ríos y Corrientes y la faja fluvial del Paraná y aventuran que en tiempos prehistóricos la misma Laguna fue una gran llanura.

Conocida como Laguna de los ‘Quiloazas’ por los españoles en virtud de la parcialidad nativa asentada a su vera pasó luego a llamarse ‘Grande de los Saladillos’ tal como puede observarse en el plano del repartimento de chacras efectuado en Santa Fe de la Vera Cruz en 1653 y que se conservaba todavía en 1774 cuando María Rosa González de Setúbal viuda de de la Rosa vende tres cuerdas de tierra de chacras a Pedro Hilario Vera.

Paralelamente comienza a denominarse ‘Zetúbal’ lo que no deja de llamar la atención ya que esta familia solo poseía una lonja de tierra de solo cuatro cuadras de ancho sobre la Laguna sobre un total de 35 Km por lo cual creemos que esta denominación está en relación a la Capilla de la cual dicha familia era propietaria y cuyo nombre también se daría a dicho espejo de agua tal como se puede observar en documentación del siglo XIX.

La Laguna era rica en peces como surubies, dorados, pacúes, sábalos, bogas, bagres, rayas y paties de los que se valían no solo los vecinos sino pescadores que provenían de Córdoba y la Rioja como lo atestigua el padre Paucke a mediados del siglo XVIII e incluso perlas a tenor de la información de W. Mac Can quien en 1847 habla de la abundancia de conchas de madreperla.

También es rica en leyendas como lo recuerda Lina Beck Bernard quién hace referencia a los globos de fuego que en ciertas noches bailan sobre el agua y que se apagan cuando algún curioso se acerca a examinarlos, al toro blanco como la nieve y con cuernos dorados aparentemente manso, pero que ante el intento de ser enlazado pone en riesgo la vida del jinete y del caballo salvo que se invoque a la Virgen y a la joven de rara belleza, blanca, de ojos azules y con largos cabellos rubios que la envuelven casi por entero y cuando el viento las agita desprenden una lluvia de finas perlas.
Su entorno hacia el oeste era ondulado y arenoso, asemejándose al mar por su vastedad y estaba poblado de una rica vegetación compuesta de aromitos, ombúes, chañares, algarrobos, talas, ñandubaes, duraznillos, seibos y cina – cina como también de pajonales y espartillos. En cuanto a la fauna no lo era menos, contándose entre la misma tortugas de río, escuerzos, ranas criollas, yararás, cascabel, algún yacaré overo y negro, comadrejas coloradas, ratas colorada, carpinchos, nutrias, gallaretas, chajaes, sirirís, chimangos, caracoleros, biguaes, garzas mora y blanca, vizcachas y cuises.
La ocupación del territorio por españoles y mestizos en los siglos XVI y XVII no introdujo demasiados cambios en el ecosistema, agregando a las especie existentes caballos, bueyes, ovejas, naranjos, duraznos, higueras y algo de trigo. Con la colonización a partir de 1863 a estas se le agregarán nuevas especies como lo deja ver el Informe de Víctor Bouchard de 1882: cebada, porotos, maní, lino, papas, alfalfa, manzanos, pies de parra, paraísos, álamos y nogales.