miércoles, 12 de diciembre de 2007

MONSEÑOR JUAN JOSÉ IRIARTE*

Primer Obispo de Reconquista y primer Arzobispo de Resistencia. Rasgos de un Pastor



I. MI PRIMER RECUERDO DE IRIARTE

1. El primer recuerdo de Monseñor Juan José Iriarte, que me viene a la mente, es la reflexión sobre su accionar pastoral que nos hizo en Reconquista a los miembros del Colegio Eclesiástico Los Doce Apóstoles, en los primeros días de marzo de 1980. Es el primero por ser el más vívido, no el más antiguo.
Habíamos viajado para pasar aquí tres semanas y comenzar el año seminarístico. Una primera semana, para escuchar al Obispo y a sus colaboradores, y conocer un poco la Diócesis y la realidad social en la que está inserta; una segunda, para conocer una parroquia, distribuidos los seminaristas en varias de ellas; una tercera, para hacer los Ejercicios espirituales de comienzo de curso.
Un elemento importante de la mística del Colegio era conocer y amar la Iglesia diocesana del compañero. El motivo principal de que estuviésemos reunidos de diócesis tan diversas y remotas (Comodoro Rivadavia, Viedma, Quilmes, Gualeguaychú, Goya y Reconquista) no podía ser un hecho casual, o sólo la razón económica de que eran pobres y no tenían Seminario. En el hecho adivinábamos un particular designio divino: el amor que Dios tiene a nuestras Iglesias. Por ello dispusimos comenzar el curso cada año rotando por las diversas diócesis de los compañeros. Ese año fue Reconquista. El año siguiente, Viedma.
Con la alegría de volver a estar juntos, y dolidos por la muerte de Alberto Salame, un compañero reconquisteño, ocurrida durante las vacaciones, peregrinamos a fines de febrero de 1980 a la basílica de Itatí, en Corrientes, para agradecer a Dios por el Colegio Eclesiástico e implorar su bendición. Allí, en efecto, en el camarín de la Virgen, en septiembre de 1975, había madurado el propósito de crearlo. Después volvimos a Goya, donde tomamos la lancha que nos llevó a Reconquista.


II. HOMBRE DE LO ESENCIAL

2. Monseñor Iriarte nos hizo instalar en “el Feudo”. Pronto nos vino a visitar. Con lenguaje claro, breve e incisivo, nos enunció las coordenadas principales de su accionar pastoral, que quedaron esculpidas para siempre en mi memoria:
“1ª Llevar la Palabra de Dios,
2ª a todos,
3ª en especial a los más pobres,
4ª con medios pobres”.
Quedé estupefacto de su mente de pastor. ¿Se podría haber traducido mejor cómo ser instrumento del Verbo de Dios, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre”? Yo estaba feliz con esa lección de pastoral para mis seminaristas, ante cuyos Obispos había asumido la responsabilidad de colaborar a formarlos como pastores.
No sabía que, en ese momento, la Providencia me estaba regalando también a mí una lección de pastoral preparatoria para mi episcopado, cuyo anuncio recibí vía telefónica el sábado 7 de marzo por la tarde en la curia de Reconquista.
La pedagogía de Iriarte de enunciar en forma breve e incisiva su estrategia pastoral me impresionó. Es la forma cómo un padre educa a su hijo. No le da conferencias. Sino pocas palabras, claras, convincentes. En esa pedagogía me inspiré luego, como Obispo, cuando debía enunciar algunos propósitos pastorales esenciales (1).

3. A los pocos días me impresionó también la homilía de Monseñor Iriarte al instituir como lector a Carlos Degiusti, el actual cura párroco de la catedral de Reconquista. La volví a escuchar en 1999 cuando trajimos sus restos a Resistencia, antes de entregarlos como precioso regalo a la Iglesia de Reconquista de la que fue su primer pastor. ¡Cómo me gustaría volverla a escuchar! A partir de entonces siempre me impresionaron las homilías de Iriarte. Entre todas las homilías que los Obispos solemos tener durante nuestras Asambleas Plenarias, las de Iriarte son las que han calado más hondo en mi ánimo. Y ello por la esencialidad de sus afirmaciones y fuerza de convicción. Lo que decía lo sentía, estaba convencido.

4. Me impresionó, también, cómo el Obispo y los dirigentes laicos se entendían con pocas palabras. “Operación Oro blanco”: era la acción pastoral para los cosecheros del algodón (2). “Operación Oro verde”: la acción pastoral para los cosecheros de la caña de azúcar. “Operación Oro Negro”: la acción pastoral para los trabajadores de los obrajes del monte en los hornos de carbón. Estas operaciones pastorales bien concretas muestran que lo de “llevar la palabra de Dios a todos, en especial a los más pobres”, en Iriarte no era declamación, sino un propósito firme (3).

5. Quien quisiese trazar una figura completa de Monseñor Iriarte, además de hurgar en el archivo de sus apuntes personales que entregué a la Iglesia de Reconquista, debería hacerlo en los documentos del Episcopado argentino. Y allí descubrir cuáles tienen su sello. Hay algunos concisos, casi telegráficos, con la palabra justa, sin floreos. No sería difícil que el autor de base haya sido una Comisión redactora integrada por Mons. Iriarte. Si bien casi nunca un documento episcopal es aprobado tal cual sale de la comisión redactora, pues la Asamblea interviene mucho, la matriz suele quedar. Y los rasgos de Iriarte son indelebles.


III. FLECHADO POR EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN

6. Mi relación con Monseñor Iriarte venía de antes. No cuento la que pude tener por haber cohabitado en el mismo Seminario de Buenos Aires entre los años 1942 y 1947. Él había ingresado allí el 7 de julio de 1941, con casi veintinueve años, ya abogado, ejerciendo su profesión, y presidente nacional de la rama juvenil de la Acción Católica. En cambio, yo ingresé al Seminario, meses después, el 7 de enero de 1942, todavía niño, con doce años por cumplir. Además, en esos años, la separación entre seminaristas menores y mayores era total. Y los menores los considerábamos como “dioses”, pues los veíamos sólo de lejos, o en el Templo mayor durante las ceremonias solemnes.
Por ese entonces la humanidad se despedazaba en la segunda guerra mundial. Y en la Argentina sucedían los avatares que llevarían a la revolución del 4 de junio de 1943 y al advenimiento de Perón.

7. Un poco más cercana fue mi relación con Iriarte al regresar yo de Roma en octubre de 1955, pero tampoco fue muy intensa. Él actuaba en el Tribunal Eclesiástico porteño, en la Curia que, a raíz del famoso incendio del mes de de junio, funcionaba en el Colegio del Carmen, sobre la calle Paraguay. Yo también actuaba en ella, primero como secretario del Obispo auxiliar, Mons. Manuel Tato, a quien Perón había expulsado del País, y luego como auxiliar de la Secretaría General del Arzobispado.
De esa época, más que recuerdos de Iriarte, retengo la admiración que tenía por él su primo, el P. Guillermo Sáenz, compañero mío de estudios en Roma y de trabajo en la Curia. Ciertamente me alegró su nombramiento como primer Obispo de Reconquista, en 1957, al regreso de un viaje suyo a Europa. Se trataba de un colega, cuya cruz pectoral de madera pronto fue objeto de comentarios.

8. Mi relación con Monseñor Iriarte maduró con el Concilio, lo mismo que con otros Obispos del NEA de esa época. Entre ellos, Monseñor Jorge Kemerer, nombrado también entonces primer obispo de Posadas (1957), y Monseñor Alberto Devoto, nombrado primer obispo de Goya (1961), ambos párrocos en Buenos Aires, a quienes conocí cuando era Vicario parroquial en la Sagrada Eucaristía, en Plaza Italia.
De durante el Concilio, no poseo recuerdos claros con Iriarte, a pesar de haberme hospedado en el mismo hotel durante la primera sesión, pues mi colaboración quedó interrumpida por una fractura de húmero sufrida en un ómnibus. Tampoco recuerdo si él frecuentaba las reuniones que algunos Obispos, invitados por Mons. Aguirre, primer Obispo de San Isidro, hacían durante el tiempo de receso de las sesiones conciliares, de las que participábamos también algunos profesores de la Facultad de Teología.
Inmediatamente después de finalizado el Concilio, en julio de 1966, me invitó a Reconquista, para un curso de formación permanente del Clero, de dos o tres semanas. Los primeros días estuvieron a cargo mío, sobre las líneas fundamentales del Concilio. Luego, entró el Canónigo Boulard, un célebre pastoralista francés, para exponer sobre la Pastoral de Conjunto. La tercera semana, nuevamente a cargo mío para dirigir los Ejercicios Espirituales del Clero.
En los años inmediatos posteriores al Concilio se hicieron esfuerzos enormes en la Argentina para iluminar al Clero sobre las líneas pastorales conciliares. Los que Monseñor Iriarte hizo en Reconquista se destacaron especialmente y repercutieron positivamente en todo el NEA, como por entonces comenzó a llamarse esta región pastoral.

9. De su pensamiento teológico y pastoral expresado en el Concilio, no me animo a opinar en general por no haberlo estudiado. No sería difícil hacerlo, acudiendo a los apuntes mencionados y a los volúmenes de las Actas del Concilio, verificando lo dicho por Iriarte en el aula conciliar, sus adhesiones a lo propuesto por otro padre, sus propuestas escritas y sus votos (4).
Aunque no lo pueda demostrar, de lo que no me cabe duda es que Iriarte tuvo que haber promovido, o al menos adherido calurosamente a la redacción del n° 8 de Lumen Gentium, la constitución dogmática sobre la Iglesia, en el que se compara la Iglesia al misterio del Verbo Encarnado. Ello destaca que Dios quiere salvarnos mediante una Iglesia confiada totalmente en él y despojada de poder mundano: “Así como Cristo realizó la obra de la redención en la pobreza y la persecución, también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación. Cristo Jesús, a pesar de su condición divina…, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo (Flp 2,6) y por nosotros se hizo pobre a pesar de ser rico (2 Co 8,9). También la Iglesia, aunque necesite recursos humanos para realizar su misión, sin embargo, no existe para buscar la gloria de este mundo, sino para predicar, también con su ejemplo, la humildad y la renuncia. Cristo fue enviado por el Padre a anunciar la Buena Noticia a los pobres…, a sanar a los de corazón destrozado (Lc 4,18), a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 9,10). También la Iglesia abraza con amor a todos los que sufren bajo el peso de la debilidad humana, más aún, descubre en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y sufriente, se preocupa de aliviar su miseria y busca servir a Cristo en ellos”.

10. Veinte años después, en 1985, la contemplación del misterio de la Encarnación lo impulsó a Monseñor Iriarte a bautizar con ese nombre el Seminario Interdiocesano que crearon los Obispos del NEA en Resistencia. Que le haya puesto por nombre “La Encarnación”, así, pelado, sin aditamento alguno, ni siquiera “La Encarnación del Señor”, a más de uno le llama la atención. Quizá Monseñor Martínez, el primer rector del Seminario, tercer Obispo de Reconquista y actual Obispo de Posadas, nos pueda decir algo al respecto. Pero la sencillez del nombre tiene el sello de Iriarte, que siempre bregaba por lo esencial. Hay una sola Encarnación verdadera, y se sobreentiende que es la del Señor. ¿Para qué explicar lo que es obvio?

11. Y ¡guay que alguien intentase empañar la esencialidad del Evangelio y centralidad de Jesucristo con algún atisbo de culto a su persona! Me hizo prometerle que a la Casa de Retiros y Encuentros de Puerto Tirol no le pondría por nombre “Casa Monseñor Iriarte”, como sugerían los laicos que colaboraban en la administración. Por eso le puse “Casa Jesús de Nazaret”, como el mejor homenaje a su memoria. Pero sería justo que esa Casa tuviese ahora un hermoso retrato de Monseñor Iriarte, que yo descuidé poner.


IV. ATRAÍDO POR LA POBREZA EVANGÉLICA

12. No me es fácil destacar hoy todos los rasgos de Monseñor Iriarte que son capitales en un hombre de Dios. Por ejemplo, su espíritu de oración. Y ello, por falta de estudio de su figura de mi parte. Pero, en consonancia con lo recién dicho sobre su eclesiología conciliar y el misterio de la Encarnación, Dios ha querido que un aspecto de su espiritualidad no quedase oculto y brillase: su amor a la pobreza evangélica.
Se contentaba con lo indispensable. Almorzaba, pero de ordinario no cenaba. Excepto un dictáfono, para responder su correspondencia o dictar apuntes, que la Hermana Amelia, de las Auxiliares Parroquiales, desgrababa cuidadosamente, no quería aparatología en las oficinas de la Curia, ni miraba con simpatía que los sacerdotes se proveyesen de aparatos musicales de última generación, o que el vehículo para la atención pastoral tuviese todos los chiches.
Cuando lo visité el 7 de marzo de 1980, para pedirle me permitiese telefonear a Buenos Aires, la Curia era una casa común de planta baja sobre la calle San Martín, frente a la plaza Sarmiento.
Trece años después, en 1993, cuando me trasladé de Posadas a Resistencia para sucederlo, el edificio de la Curia era el mismo que había dejado Monseñor De Carlo: una casa del año 1926, para una familia de clase media, pero no adecuada para las oficinas de la Curia y la vivienda del Obispo. Un ropero tapaba la puerta principal de su dormitorio para impedir que la gente, a la espera de una audiencia, entrase en él. Después descubrí que el elástico de su cama estaba destruido. ¿Dónde habrá ido a parar esa reliquia? Su escritorio funcionaba también como sala de audiencias. Cuando sonaba el timbre de calle él mismo hacía de portero. La cocina y el comedor eran dos habitaciones sin ventanas, como las construcciones “chorizo” que se estilaban a fines del siglo XIX y comienzos del XX, que estaban del otro lado del jardín. Por lo cual, para hacerse un té o tomar un mate, uno debía salir de la habitación ya vestido. Lo acompañaban un anciano sacerdote jesuita, el P. Kaserman, que era el Provicario General y Administrador del Obispado. El infaltable “Chino”, un empleado fiel, heredado de los años de Monseñor Marozzi. Y además Teresa, una mujer buena, que venía por la mañana a limpiar la casa, lavar la ropa y preparar la comida. Esa era toda la Curia del Arzobispo.
Iriarte, el hijo del estanciero, no parecía incómodo en esa situación. En cambio, yo, el hijo de un humilde campesino italiano, empleado en la compañía de tranvías Lacroze de Buenos Aires, no me sentí capaz de vivir allí. Y decidí poner mi residencia en el Seminario Interdiocesano. Monseñor Iriarte, apiadado de mí, me invitó, entonces, a visitar el departamento preparado para el Obispo en la Catedral por el antiguo Cura, el P. Luxorio Bilbao SJ, que ninguno de los dos últimos Obispos había utilizado. Cosa que me alegró, y allí puse mi vivienda personal.

13. Como recién sugerí, Iriarte era hijo único de una familia acaudalada. Su amigo Carlos J. García Díaz nos recuerda a sus padres, Don Juan y Doña Raquel Amadeo. Y también su casa: primero un petit hotel en la zona residencial de Palermo, sobre la calle Canning, casi avenida Las Heras, y luego una más moderna, de dos plantas (¿para el futuro matrimonio del hijo profesional?), en la calle Cabello, cercana a la anterior. También nos habla del campo, que poseían en Alejo Ledesma, al sur de Córdoba, donde los seminaristas realizaban misiones de verano, de las que escuché hablar cuando todavía era seminarista.
Cuán rico era don Juan, no lo sé. Monseñor Iriarte no hablaba de su familia. Pero en dos ocasiones, muy al pasar, me mencionó un viaje a Europa, en 1924, cuando tenía diez años. A pesar de su edad, le impresionó el asesinato de Matteotti, ocurrido el 10 de junio, que casi voltea a Mussolini. “¿Qué hacías, entonces, en Europa?”, le pregunté. “Mi padre tenía plata, y le gustaba pasear”, me dijo y cambió de tema.

14. Muchas son las anécdotas referidas al espíritu de pobreza evangélica de Iriarte. Convendría recogerlas y verificarlas. La más célebre es la que lo muestra haciendo autostop a un camión. Al llegar a un negocio, el camionero para y le dice: “Che, Negro, ayudáme a descargar esas bolsas”. E Iriarte, dócil, lo hace con toda naturalidad, hasta que el dueño del negocio descubre que el “Negro” es el Obispo de Reconquista.
Con los viajes fuera de la Diócesis, evitaba que los gastos pesasen sobre ella. Así lo informa cuando programa su primer viaje pastoral a Europa: “Algo que ha pasado – muy triste para mí –me permite hacer este viaje sin que a la Diócesis le cueste un solo centavo” (23 septiembre 1960). Son conocidos sus viajes en buque de carga. En el informe a los fieles sobre el viaje realizado, dice: “Salí de Buenos Aires el 6 de octubre (de 1960); como Uds. recordarán desembarqué allí el 19 de febrero. Tardé unos cuarenta días más de lo que había calculado: un mes en Europa y diez días que se atrasó el barco de carga en el que viajé de vuelta” (28 de febrero de 1961). Dos años después, en 1962, antes de partir para el Concilio, escribe a los fieles: “Me voy pasado mañana a Buenos Aires, para embarcarme el jueves, si Dios quiere, en un carguero inglés que, en unos veinte días con sólo dos escalas, me dejará en el puerto de Londres”. Y agrega: “Ya sé que me podrían contestar: que con los aviones a reacción-el tiempo ha sido suprimido y que se tarda tanto en ir de Roma a la Argentina, como tardo yo en la Internacional para viajar de Reconquista a Buenos Aires. Es verdad. Pero lo que los aviones no han suprimido es la distancia que se traduce en costo”.
Carlos J. García Díaz recuerda las visitas que hacía a su casa cuando ya era Arzobispo emérito: “Llegaba puntualmente en el ómnibus 60 desde Martínez, donde residía en la casa adjunta a la parroquia de Ntra. Sra. de la Unidad, en Olivos, en el conurbano bonaerense; y como se negaba a volver en un taxi o en un remise, yo lo acompañaba hasta la parada del 60, no en el diferencial, sino el corriente, al que trepaba aún cuando estuviera casi lleno y quedaba en el pasillo colgado de un pasamano junto a desconocidos pasajeros que no sabían que viajaban de pie al lado del Obispo emérito de Resistencia”.

15. Iriarte era pobre con naturalidad y alegría, sin pose. Como lo es el pobre verdadero. Era pobre con la libertad del que no se aferra a nada porque con Cristo tiene todo. Con fina ironía hacía burla del seminarista, sacerdote o religiosa que alardeaba de pobre, cosa no infrecuente en esa época.

16. Sin duda que, en las ceremonias del Seminario cuando intervenía algún Obispo y en la misma Curia porteña, Iriarte advirtió algo en el estilo de los Obispos, herencia de siglos anteriores, que no era coherente con el estilo de Jesús. Y por ello en el aula conciliar tuvo una intervención digna de nota. El 22 de septiembre de 1964, cuando se trataba el esquema “sobre la función pastoral de los Obispos en la Iglesia”, tomó la palabra para decir que “se exige de nosotros un cambio muy profundo en nuestro modo personal (style de vie)”. Y como Iriarte se excedía en el tiempo, el moderador de la sesión, el cardenal Julio Döpfner, arzobispo de Munich, lo exhortó a concretar su moción, propuso entonces la siguiente votación: “En el ejercicio de su función pastoral, del que se habla en los números 11-18, recuerde el Obispo que es necesaria una adaptación profunda de su modo de vida, que abarque el modo de distribuir su tiempo, actividad, autoridad, su modo de hablar, sus relaciones interpersonales, y principalmente su simplicidad y pobreza, fuera de lo cual las modificaciones introducidas en su función pastoral no serán sino fórmulas técnicas puramente exteriores” (5).
La moción de Iriarte se ve reflejada en el documento final sobre el Ministerio y la Vida de los Presbíteros, que dice: “Los Presbíteros, y también los Obispos han de evitar todo lo que de alguna manera pueda alejar a los pobres. Mucho más que los demás discípulos de Cristo, han de desterrar de su vida todo tipo de ostentación. Su casa ha de ser de tal manera que parezca accesible a todos y que todos, incluso el más humilde, se atreva a frecuentarla” (6).


V. SU OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS POBRES

17. Si bien Iriarte nunca pensó en imponer a nadie su particular modo de vivir la pobreza evangélica, sentía que ella es una de las condiciones necesarias de la evangelización. Por lo cual, el pastor, si quiere de veras evangelizar, y si bien es libre en el modo concreto de vivir la pobreza, no es libre de abrazarla. Y al abrazarla, ha de abrazar también, y en primer lugar, a aquellos que son pobres de veras.
De allí que Iriarte durante el Concilio integró un grupo de Obispos que, desde los primeros días, se aplicó al estudio del grave problema de “la Iglesia de los pobres”, cuyo referente principal era el Patriarca greco-melquita Máximos IV. Este grupo, en una misiva firmada también por Iriarte, le agradeció a Pablo VI la orientación sobre el espíritu de pobreza como criterio para la reforma de la Iglesia (7), que dio en la encíclica Ecclesiam suam, publicada el 6 de agosto de 1964. La misiva es digna de ser leída (8): “El grupo de Obispos que, desde los primeros días del Concilio, se aplicó al estudio del grave problema de ‘la Iglesia de los pobres’, quiere expresar a Vuestra Santidad su profunda alegría y reconocimiento filial. Nos parece en efecto que vuestra primera encíclica, que contiene un llamado urgente a los Padres del Concilio, nos invita muy especialmente a abrirnos a V. S. sobre el tema preciso de la renovación interior de la Iglesia por el espíritu de pobreza. Queremos responder con confianza a esta exhortación. Nuestra intención es compartirle, dentro de algunos días, la voluntad concreta de muchos obispos de embarcarse con coraje en la senda de una sencillez más evangélica en sus títulos, vestiduras y tenor de vida. Un gran número de ellos igualmente está dispuesto a otorgar todo su valor práctico, en el apostolado, a la primacía de la evangelización de los pobres y de las clases obreras descristianizadas. Estamos convencidos que el Evangelio es un amor que hay que poner en el corazón de los hombres, comenzando por los más pobres. Esperamos también responder filialmente a la primera sugerencia de vuestra carta encíclica: ‘Cómo dar a nuestra palabra y a nuestra conducta la impronta de la pobreza’. Tendremos a V. S. fielmente al corriente de nuestros trabajos y esfuerzos, porque sentimos dolorosamente con Vos, Santo Padre, la situación trágica de la Iglesia, con mucha frecuencia separada de las masas pobres, impedida por apariencias muy sensibles de riqueza y retrasada en el esfuerzo de evangelización de los pobres, los dos tercios de la humanidad, los preferidos de Jesús”.

18. En enero de 1967 escribió una carta “El grito de la gente que sufre”, referida a la situación de la población de la Zona del Monte (Cuña Boscosa), que conmueve como los gritos del Profeta. Me impresionó. A pesar de los cuarenta años transcurridos, les recomiendo que la vuelvan a leer.

19. Andando los años, y ya como arzobispo de Resistencia en la Cuaresma de 1988, Monseñor Iriarte publicó una carta pastoral sobre “La opción preferencial de los pobres”, que es de antología (01-03-1988) (9). No conozco que otro Obispo haya escrito algo semejante. Y esto, sobre todo, por el estilo redaccional: con pequeños dramas, a partir de los cuales hace luego la reflexión pastoral. En cierto modo, imitando a Jesús, el cual “con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender” (Mc 4,33). O como el Obispo San Agustín que, junto a los grandes tratados teológicos y escritos apologéticos, se preocupaba de la catequesis “de los rudos” (10).


VI. SU VISIÓN DEL PUEBLO DE DIOS

20. En el breve tiempo que me queda para redactar estos apuntes y tomar el colectivo que me llevará a Reconquista (escribo el 14 por la noche), me va faltando espacio para pensar y redactar varios capítulos que son capitales para entender la figura pastoral de Iriarte. Pero intentaré bosquejar algunos de ellos.
El primero, la visión conciliar de la Iglesia como Pueblo de Dios: uno y múltiple, a la vez. Su composición: integrado por diversos sectores, cuyos miembros son todos iguales en dignidad y diversos por los carismas que reciben de Dios para servir a sus hermanos y colaborar en la evangelización del mundo: los laicos (inmensa mayoría), las religiosas y los sacerdotes (grupos pequeños en número decreciente). Su contexto en el espacio y en el tiempo (tal Diócesis concreta, en tal época), en medio del proceso de complejización del mundo y de la tarea evangelizadora. Su universalidad y su concreción, cuya garantía es la opción preferencial por los pobres. En efecto, cuando se prefiere a los pobres, a quienes siempre se tiende a excluir, se los vuelve al centro de la escena, y se hace un acto de justicia. Así se salva la universalidad de este Pueblo y su integridad.

21. Al respecto, me contento con mencionar tres cartas pastorales de Monseñor Iriarte, de la Cuaresma de 1970, que fueron pensadas como una unidad: 1ª) La misión de la Iglesia (24-02-70); 2ª) El ministerio de los Laicos en la Iglesia (05-03-70); 3ª) La misión de los sacerdotes y de las religiosas (10-03-70). Revelan la visión de un verdadero “epískopos”, un Obispo “vigilante” de su grey. Son un verdadero manual de Introducción a la Pastoral, que mantiene toda su actualidad a pesar de los años pasados. Sería bueno que los actuales sacerdotes y los seminaristas de La Encarnación, en especial de los últimos años, las conociesen y reflexionasen.


VII. SU VISIÓN DEL LAICADO

22. De todos los Obispos que conocí, Iriarte es el Obispo “más laico” de todos. Y ello por su trayectoria vital. Y también por el acento que siempre puso en el papel de los laicos y en la formación de los mismos para el apostolado. Subrayo que Iriarte, a pesar de la importancia que dio al ministerio de los laicos en la Iglesia, de ningún modo le quitó fuerza a su vocación propia. Como dice el Concilio: “Los laicos tienen como vocación propia buscar el Reino de Dios, ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada uno de las profesiones y actividades del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, que forman como el tejido de su existencia. Es ahí donde Dios los llama a realizar su función propia, dejándose guiar por el Evangelio para que, desde dentro, como el fermento, contribuyan a la santificación del mundo, y de esa manera, irradiando fe, esperanza y amor, sobre todo con el testimonio de su vida, muestren a Cristo a los demás” (LG 31).
Por ello, y puesto que en la segunda de las cartas de la Cuaresma de 1970 trata del ministerio de los laicos en la Iglesia, y no de su vocación específica en el mundo, Iriarte se sintió obligado a dar una explicación: “El documento sobre Laicos de San Miguel nos dice que ‘las características del momento actual en nuestro país reclaman a los laicos una más fuerte integración en la Iglesia, al mismo tiempo que una clara conciencia de la obligación que les es propia de actuar directamente en la instauración del orden temporal...’. Se señalan allí claramente dos líneas de acción del laico, que, como es natural, muchas veces se acercan y se mezclan:- la tarea específica de Iglesia, de la cual tratamos en estas Cartas;- la instauración del orden temporal, de la que tratamos el año pasado en Carta colectiva los Obispos del Noreste. Debe quedar bien claro que aquí sólo tratamos del primer aspecto: ¿por qué sólo de él? Sencillamente porque no es posible tratar todos los puntos en cada oportunidad.” (Párrafo B: De qué se trata y de qué no).

23. En la década del 70 participé nuevamente de una reunión pastoral en Reconquista con laicos. De ella recuerdo muy poco. Tal vez habrá sido en torno a la exhortación de Pablo VI sobre la Evangelización. Lo que sí recuerdo fue el nivel de responsabilidad que advertí en los laicos participantes. Y algún apellido se me quedó grabado.

24. Cuando sus restos fueron despedidos para trasladarlos a Reconquista, los laicos de Resistencia dieron un precioso testimonio sobre Iriarte como animador de su vida laical, que deseo comunicarles: “La gran herencia que nos enriqueció ha sido hacernos descubrir y vivir nuestra maravillosa identidad laical, que nace del bautismo. Nuestra vocación a la santidad, de vivir lo cotidiano de tal modo que toda la realidad sea transformada según Dios. Es sus charlas de espiritualidad laical, con mucha simpleza, nos remarcaba que ser cristiano implicaba: 1) hacer cosas buenas, 2) hacerlas bien, 3) cumplir los deberes de estado, 4) y todo esto hacerlo por amor a Dios. Se encargó de inculcarnos siempre que lo específico del laico es vivir en el mundo, transformándolo con criterios cristianos y evitando todo escape o reduccionismo a lo intraeclesial. El mundo, es decir nuestra familia, vecindario, comunidad, lugar de trabajo, instituciones intermedias, partido político, etc., es donde estamos llamados a vivir la verdad, la honestidad, la solidaridad, la justicia, el amor; todos los valores que Cristo nos propone. Nos preguntaba si en nuestros exámenes de conciencia estaba presente revisar como realizábamos nuestro trabajo: “¿lo hacemos con competencia y honestidad?, o por ejemplo ¿para participar de uno de nuestros compromisos eclesiales pedimos licencia con certificados de enfermedad cuando estamos sanos? Preguntaba si creímos que evangelizábamos en nuestro trabajo porque leímos la Biblia o rezábamos el rosario ocupando el horario destinado a trabajar. Con relación a nuestros deberes de ciudadanos, por ejemplo, no evadir los impuestos, hasta pagar el salario justo y las cargas sociales correspondientes a quienes nos prestan servicio, nos cuestionaba si descubríamos en ello una expresión de nuestra coherencia entre fe y vida. No cabía en su mente, ligada a todo lo evangélico, que el cristiano se permitiera ciertas picardías, como ser, estacionar en un lugar no permitido, favorecer al hijo de un amigo, colocarse antes en una fila para pagar un servicio; y muchos ejemplos más con los que mechaba sus homilías. Respecto de nuestra misión en la Iglesia: nos instó con fuerza a vivir el protagonismo en la acción pastoral, desde nuestra identidad de bautizados, a ser más que colaboradores, ser parte a la hora de reflexionar y decidir. Nos enseñó a no temer pensar por nosotros mismos y expresarlo con libertad; y como un buen padre, a dejar también que nos equivocáramos en nuestras decisiones para así crecer. Insistió mucho en que el tiempo dedicado a la pastoral no debía interferir en nuestra misión en el mundo, y supo comprender la tensión que vivimos los laicos cuando asumimos tareas pastorales, por ello no recomendaba la “bigamia eclesial”, cuando teníamos más de una actividad eclesial”.


VIII. ESCASEZ DE OBREROS.

25. A imagen de Cristo que siente compasión por la multitud “porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,36), Iriarte sufrió mucho la penuria de sacerdotes y de consagrados a la obra del Evangelio. En la primera de las tres cartas mencionadas, Iriarte plantea el problema vocacional que sufre la Diócesis: “Las personas que hagan este trabajo - “obreros” los llama Cristo - escasean hoy en nuestra Diócesis, como faltaban en los tiempos del Señor; eso no quiere decir que siempre hayan faltado o vayan a faltar. Faltan hoy obreros porque la tarea de la Iglesia es muy grande, nuestros tiempos la hacen aumentar y diversificarse”.
Es un problema que advirtió desde el comienzo de su episcopado (cf. La familia y la vocación, 1959). Y trató de remediarlo con varios recursos, incluso buscando seminaristas en el exterior, como muestra el Informe de su primer viaje (28 febrero 1961) (11).

26. A comienzos de los 70, mi relación con Iriarte se afianzó. Y, precisamente, a raíz del problema vocacional. Los tiempos se habían vuelto difíciles. Signo de ello, en menos de un mes el Episcopado tuvo que emitir tres declaraciones relacionadas con la violencia desatada: a) sobre la tortura y toda forma de violencia (16 marzo 1972); b) sobre un estado de agudizada violencia con la contrapartida de la represión (29 marzo 1972); c) sobre los crímenes que se cometen (11 abril 1972). Yo era decano de la Facultad de Teología y vivía como una clueca que cuida sus pollitos: que los militares no me tocasen a ningún muchacho; y que la guerrilla tampoco sedujese a ninguno. En ese clima, los Seminarios con frecuencia cerraron sus puertas a los jóvenes de otras diócesis. Algunos candidatos del interior vivían en casas de religiosos, de parientes o pensiones, y frecuentaban los estudios en la Facultad, pero no siempre recibían una formación integral: oración común, convivencia fraterna, dirección espiritual. Me vino entonces la inspiración: “¿Y si organizo algo para estos muchachos?”. El cardenal Aramburu, a quien visité para proponerle el problema y pedirle un ala del viejo Seminario Menor, me dijo: “Fuera del edificio del Seminario organizá lo que quieras”. Con ese aval, consulté por escrito a todos los Obispos del Interior que habían tenido alumnos en la Facultad en los últimos diez años, para pedirle consejo. Casi todos me respondieron que el problema era real, y algunos, especialmente Iriarte, me alentaron a buscar una solución. Fue así que surgió el Colegio Eclesiástico Los Doce Apóstoles, a la manera de un Seminario de emergencia. Si yo fui el padre, Iriarte bien puede ser considerado uno de los tíos fundadores. Por ello, apenas pude, reservé lugares para la diócesis de Reconquista, que se integró al Colegio en 1977. Es, de algún modo, el antecedente de varios Seminarios actuales. Directamente, del Seminario Santos Apóstoles Pedro y Pablo, de Comodoro Rivadavia. Y también, del Seminario de Quilmes. E, indirectamente, del Seminario Interdiocesano “La Encarnación”, de Resistencia.

27. No puedo olvidar la inquietud de Iriarte cuando Juan Pablo II me nombró Obispo auxiliar de Viedma. Me invitó a tomar un café: “¿Y qué va a pasar ahora con el Colegio Los Doce Apóstoles?” “No te aflijas, le respondí. Monseñor Novak nos concedió un sacerdote excelente, el P. Francisco Urbanija, que iba a ser el Vicerrector, y bien puede ser ahora el Rector. El P. Pablo Sudar ayudará como Director Espiritual. Yo puedo conservar la alta supervisión del Colegio”. Pero más que su inquietud por mi alejamiento del Colegio, me conmovió su calidez recibiéndome como hermano en el episcopado. No me lo imaginaba tan cordial, infundiéndome ánimo: “No temas nada, porque Dios va a estar siempre con vos”. Comencé a darme cuenta que ser Obispo era menos difícil de lo que imaginaba.

28. Dos años después, el 20 de septiembre de 1982, al cumplir 35 años de ordenación sacerdotal, publicó una nueva carta pastoral sobre las vocaciones: “¿Cura yo…? ¿Monja yo?”, del mismo estilo que empleó luego en Resistencia al tratar de la opción preferencial por los pobres. Otro escrito pastoral de antología. Con siete cuadros, va enfrentando una a una las objeciones que suelen ponerse a la vocación sacerdotal o religiosa. El primer cuadro trae un diálogo entre el Negro (¿Iriarte?) y Nenucha (¿su novia?). Después de contar el desconcierto de Nenucha porque el Negro la deja y entra al Seminario, deja caer la siguiente perla: “Si me prometen formalmente no contárselo a nadie, les hago una confidencia, pero ojo! sean fieles al secreto: yo me ordené hace hoy 35 años. No tenía ni cinco de ganas de ser cura. Hasta el último momento tuve esperanza de que surgiera alguna dificultad… pero no surgió y aquí me están aguantando ustedes desde hace 25 años. Desde que entré al Seminario jamás tuve un solo minuto de duda o de arrepentimiento por lo que había hecho, lo cual no quiere decir que todo haya sido fácil”.
Valdría la pena retomar esta carta de Iriarte, releerla en grupos de promotores vocacionales, y analizar el modo cómo hoy se enfoca la pastoral vocacional y se concibe la vocación sacerdotal o religiosa. Si en los viejos tiempos se pecó suprimiendo prácticamente todo discernimiento… Entrar al seminario o noviciado era ya tener vocación y ponerse a estudiar para… Dejar el seminario o noviciado era perder la vocación… Hoy, por el contrario, en algunos seminarios y noviciados pareciera haberse instaurado el culto a la duda. “¿Qué tal, cómo estás?” “Y, por ahora, estoy bien…”, te responde el seminarista o novicio. Como si te dijese: “No sé por qué estoy aquí. Quizá que tenga vocación. Pero tengo unas ganas locas de que me digan que me vaya…”. El candidato casi que tiene prohibido manifestar su alegría por el llamado del Señor. Como si un chico sintiese que es bueno callar la alegría por su novia… Una verdadera patología. Mejor, cerrar esos seminarios y noviciados.

29. Finalmente, llegó el momento de que el NEA tuviese su propio Seminario. El Obispo de Resistencia, Monseñor Agustín Marozzi, había renunciado por límite de edad. Y había una necesidad enorme en el NEA de que hubiese un Seminario Mayor. Aunque no lo puedo demostrar, sospecho que la creación del Seminario Interdiocesano fue la razón principal del traslado de Monseñor Iriarte a la sede de Resistencia. Y los Obispos de la Región tuvieron que haber influido en ello. Había allí un edificio enorme para Seminario Menor, edificado en tiempos de Perón en terrenos del Obispado, y podía ser adaptado para Seminario Mayor. Trasladado Iriarte en 1984, puso todo su esfuerzo en organizarlo lo más pronto que pudo, contando con el apoyo moral de los otros Obispos de la Región y con la ayuda concreta de la diócesis de San Isidro. Y ya en 1985 pudo abrir el Seminario Interdiocesano, que ya lleva 22 años, y cuenta con su tercer rector.

30. Poseemos una carta de Monseñor Iriarte dirigida “A las religiosas”, del 12 diciembre 1974, en vísperas de la conclusión del Año Santo diocesano, preparatorio del universal, para ayudarles a hacer una revisión de vida en coherencia con esa gran celebración a punto de terminar. Si bien está dirigida a las mujeres consagradas, podría haber sido ofrecida, proporcionalmente, a todos los seminaristas y clérigos, a fin de rever también ellos cómo cultivan la propia vocación.
La carta tiene un estilo distinto de las tres cartas pastorales de Cuaresma de 1970, donde prima el estilo del estratega pastoral. Y distinto también de las dos cartas de antología mencionadas, donde prima el estilo del pedagogo. Aquí es un tanto filoso, punzante, máxime si se tiene en cuenta que la carta está dirigida a mujeres consagradas. Es como el estilo de los profetas, de Juan Bautista. Incluso es comparable al de Jesús cuando se dirige a los judíos observantes y a los conocedores de la Biblia.
No sé cómo habrá caído esa carta. Imagino que las religiosas de la Diócesis, que conocían a su pastor, la acogieron bien, y les habrá hecho mucho bien. Pero también imagino que en otros ambientes extradiocesanos tal vez no haya caído tan bien. No es fácil que alguien nos observe algo a nosotros los consagrados: obispos, presbíteros, diáconos, seminaristas y religiosas. Aceptamos la denuncia profética, pero dirigida a los otros, a los poderosos que están fuera del templo. Pero que a nadie se le ocurra hacerse el profeta con nosotros. Iriarte se atrevió, porque él estaba lleno de auténtico espíritu profético. Su carta, fechada 12 de diciembre de 1974, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, bien podría fecharse de nuevo en Aparecida el 13 de mayo de 2007. Pues como la voz de los viejos profetas sigue siendo actual. Recomiendo a todos los consagrados, mujeres y varones, su lectura con espíritu de conversión.


IX. EVOCACIÓN FINAL

31. Ayer se cumplieron ocho años de la muerte de Monseñor Juan José Iriarte. Estamos seguros que vive en Cristo y que goza de su gloria. Vive también en nuestras Iglesias, de Reconquista y de Resistencia.
Él siempre quiso el segundo plano, para que el primero fuese exclusivo de Cristo.
Cuando en junio de 1993 se marchaba de Resistencia y lo urgían a que dijese el día y la hora, y con qué medio se iría a Buenos Aires, lo ocultó a todos, menos a su amigo “Chaquín” Galíndez. Y decía: “¿Por qué quieren saber? ¿No ven que soy un fantasma? Yo no existo”. Y se pasaba la mano por la cara, como si fuese un mago que hacía desaparecer su figura.
Se fue de Resistencia como vino y vivió: en la humildad. Por una indiscreción de Chaquín supe que se iría en avión; un medio que no solía usar, y del que nadie iba a sospechar. Y fui a darle un abrazo. El suyo me recordó el que me dio en marzo de 1980 cuando fui nombrado Obispo. Abrazo cálido que sentí durante todos los años que estuve en Resistencia.
Ahora, desde junto a Cristo, nos abraza a todos con su intercesión. Y su figura, que él quiso hacer desaparecer, como lo quiso Juan Bautista frente a Jesús (cf Jn 3,30), el Señor la hace aparecer cada vez más nítida ante nuestras Iglesias, para que a través suyo lo conozcamos y amemos a Él.

* Apuntes de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para la conferencia sobre la figura de Mons. Juan José Iriarte, con ocasión del 50° aniversario de la Diócesis de Reconquista, y en el 8° aniversario de su muerte
(Catedral de Reconquista, 17 de agosto de 2007)



Notas:
(1) Por ejemplo, “los Cuatro ‘Todos’”, que enuncié casi invariablemente al final de las visitas pastorales a las Parroquias de las Diócesis de Posadas y de Resistencia.
“1° Escuela para todos;
2° Catequesis para todos (Palabra de Dios);
3° celebración todos los domingos (Eucaristía y demás sacramentos);
4° tender la mano a todo Cristo sufriente” (Caritas Parroquial”).
Aunque parecieran enunciados pastorales diferentes, el estilo de mi fórmula se inspiró en el de Iriarte.
(2) Pueden verse orientaciones sobre esta pastoral en la carta fechada el 12 diciembre 1977.
(3) El mismo propósito de llegar en forma concreta a los más pobres observé, más tarde en Resistencia, donde Iriarte fue el primer arzobispo, cuando verifiqué la facilidad que brindaba a los Gedeones para repartir la Biblia en hoteles y colegios. Una vez me dijo: “Decíme. A pesar de todos los esfuerzos que hace la Fundación Palabra de Vida, animada por el Padre Trusso, ¿cuándo nuestra gente humilde podrá tener una Biblia? ¿Por qué, entonces, no aprovechar la iniciativa de los Gedeones, en vez de sospecharla?”
(4) Cf Acta Synodalia Sacrosancti Concilii Oecumenici Vaticani II, Indices, p. 523, donde el nombre de M. J. J. Iriarte figura 19 veces.
(5) La intervención de Mons. Iriarte puede verse en Acta Synodalia Sacrosancti Concilii Oecumenici Vaticani II, volumen III, Pars II, 262-265.
(6) Presbyterorum Ordinis 17. No he estudiado por qué esta exhortación, “también los Obispos”, no se puso antes en el respectivo decreto sobre la función pastoral de los Obispos en la Iglesia, como propuso Iriarte.
(7) Cf Ecclesiam suam n. 28.
(8) Ver en Acta Synodalia etc., vol. III, pars IV, pp. 373-374: Igualmente, en Acta Synodalia etc., vol. III, pars V, pp. 492-494.
(9) La hice publicar nuevamente cuando sus restos pasaron por Resistencia, con el siguiente copete: “En ocasión del próximo traslado a nuestra capital de los restos del primer arzobispo de Resistencia, monseñor Juan José Iriarte, fallecido en San Isidro el 16 de agosto pasado, es oportuno honrar su memoria recordando una de sus más célebres cartas pastorales, sobre La opción preferencial por los pobres. La misma llamó la atención de todo el pueblo cristiano, incluso del resto del país, por su llaneza, lenguaje directo y profundidad. En esta carta, monseñor Iriarte revive mostrando una de las vetas preferidas de su espiritualidad: la pobreza evangélica. Nacido en una familia pudiente, no sólo desechó el lujo, sino que se privó también de lo superfluo. Y dispuso que, después de su hora postrera, sus órganos fuesen donados a quien pudiesen serie útiles. Su programa pastoral incluía la pobreza evangélica de manera muy especial. Solía decir: "Como Cristo, llevar la Palabra de Dios: a todos, en especial a los más pobres, con medios pobres". Este ideario es un legado permanente para nuestra iglesia de Resistencia”.
(10) Cf De catechizandis rudibus, en PL 40,314.
(11) Vale la pena advertir que Iriarte, cuando todavía era laico y ejercía el cargo de presidente nacional de la Juventud de Acción Católica, publicó una evaluación de los diez años de la misma, en la revista Sursum (¡Arriba!), donde alude a la inyección de vocaciones a los Seminarios y Noviciados que significó la asociación; cf. Sursum, 1940, Acción de Gracias en este 10° Aniversario, pp. 214-216