miércoles, 24 de octubre de 2007

HISTORIA Y PASTORAL

El motivo de esta nota es plantear la importancia que el conocimiento de la historia en general y de la Iglesia en particular, como así también la de la propia comunidad (local, regional o nacional) tiene para nuestra formación intelectual y espiritual por una parte y para la ejecución de acciones realmente encarnadas por el otro.

En este sentido creo que es de fundamental importancia remitirnos a la reflexión generada con motivo del Vto Centenario y que en el extinto Juan Pablo II -quien sin ser historiador tenía un profundo sentido de la historia en general y de los pueblos en particular - ha tenido un lúcido exponente .

Considero que es sumamente necesario establecer una diálogo entre los intereses de los participantes en nuestros encuentros, clases u otro tipo de actividades reflexivas y que pueden ser variados y hasta contradictorios y el objetivo que nos hemos propuesto -el de evangelizar la cultura-, lo que de suyo implica al menos proponer en el marco del diálogo una interpretación de nuestra propia historia –social y eclesial- movidos no por un mero interés académico o por nostalgia del pasado sino en orden a presentar los acontecimientos que la constituyen en orden a lograr una mejor comprensión de los problemas que nos aquejan y poder proyectarnos hacia el futuro .

Con Marcel Chappín podríamos decir que la aportación que nos hace el estudio de la historia eclesial en particular se resume en tres términos claves: identidad, inspiración y esperanza ya que ‘... refuerza la identidad con el pasado, ofrece inspiración para el presente y da esperanza para el futuro’

En consecuencia, nuestra mirada tendría que ser eminentemente pastoral, aunque no por esto dejará de lado el rigor científico con el cual debe ser encarada toda investigación o reflexión histórica.

LO LOCAL EN HISTORIA DE LA IGLESIA

El abordaje de lo LOCAL suele aún plantear una serie de suspicacias especialmente en aquellas personas formadas en una concepción objetivista que solo aceptaba una visión universalista, o entendía como históricos los acontecimientos que se daban en esta perspectiva, por lo cual terminaban considerando el estudio de lo local como de segunda categoría.

Sin embargo, así como desde hace varias décadas la mayoría de los historiadores han abandonado la pretensión de construir historias definitivas no menos importante ha sido la atención que han comenzado a prestarle al espacio desde el punto de vista del ‘lugar’ en el que se vive .

No cabe duda que al hablar de LOCAL estamos limitando el ámbito de estudio de los hechos históricos, lo cual contrasta con la amplitud de la historia en general y la de la Iglesia en particular ya que bajo la denominación local podemos referirnos desde una realidad regional hasta una diocesana o parroquial.

Este espacio o espacios al que estamos ligados, es un ámbito que cae bajo la mirada del amor ya que como sostenía alguien, ‘el amor alarga la mirada de la inteligencia’ y por lo tanto lo valoramos de un modo particular, no tanto porque sea grande o importante sino porque es el nuestro .

Una valoración que debe evitar todo ‘localismo’ pero que se hace necesaria ya que el desarraigo, la desvinculación histórica con nuestro ámbito nos termina convirtiendo en una especie de árbol sin raíces, un clavel del aire.

Y esta necesidad de lo propio no se contrapone ni con el universalismo de la Iglesia, ni con su carácter peregrinante ni con su dimensión escatológica, ni con su vocación misionera y en el término parroquia con el que se designa una comunidad local encuentra su concreción.

Este término que proviene del griego indica dos realidades contrastante: la condición de peregrinante pero en un lugar determinado o como señala Casiano Floristán, ‘paroikia tiene una doble significado: peregrinar en el extranjero y vivir en vecindad’ .

Y dado que el protagonista de la historia es el hombre mismo , nada mejor que el análisis de lo local o propio para determinar dicho protagonismo que los esquemas generales –aunque mas atractivos- pueden convertir en una mera abstracción.

Esto es así ya que toda forma de atención a lo local o concreto posee la virtualidad de servir de necesario complemento a las historia general, que si bien nos brinda un esqueleto insustituible necesita revestirse de carne y huesos, de nombres y lugares concretos, de afectos y sentimientos focalizados.

En el caso de la historia eclesial, el estudio de lo local permite una mejor asimilación del ‘misterio’ de la Iglesia Una ya que mientras no descubramos que la Iglesia que confesamos en el Credo se realiza en cada Iglesia concreta –incluidas limitaciones y lastres- nuestra fe no habrá madurado debidamente.

Todas las abstracciones van a adquirir en la historia local formas tangibles ya que es en la propia comunidad donde se realiza el ‘misterio’ de la Iglesia en su concreción última y adquiere sus perfiles personales propios y sus modalidades reales.

Podríamos decir entonces que mientras nuestra fe en la Iglesia no desciende a este nivel de la Iglesia real, de ayer o de hoy, corre el riesgo de volverse una noción abstracta.

Por otra parte, el estudio de la propia historia nos permite tener una valoración realista del pueblo concreto sobre el que se ha de realizar la actividad pastoral.

Valoración realista que no significa ‘canonización ‘ del pasado por aquello de que ‘todo pasado fue mejor’, sino un serio discernimiento de las luces y las sombras generadas por dicho pueblo para corregir los yerros, dar gracias por los aciertos y poder proyectarnos como ya dijimos mas realisticamente hacia el futuro.

Sería riesgoso un proyecto pastoral desde los presupuestos del pensamiento utópico que ofreciese un concepto trascendental de una sociedad perfecta situada mas allá de las coordenadas espacio – temporales, ya que sería en rigor, aunque el mas atractivo de todos, solo mera ilusión o pura ensoñación.

Solo un proyecto pastoral que ancle en el conocimiento de la propia experiencia histórica permite anunciar la dimensión escatológica del mismo, con la salvedad que no es para después de los tiempos sino que se construye allí donde esta presente históricamente la Iglesia, a través de la que se manifiesta la misericordia divina, don para todos los hombres.

O como bien señalaban nuestros Obispos en el Documento ‘Navega Mar adentro’ : ‘Estamos llamados a una felicidad que no se alcanza en esta vida. Pero no podemos ser peregrinos al cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena’ .




CRITERIOS INTERPRETATIVOS

Toda lectura de la historia por lo general se realiza desde los desafíos del presente y no podría ser de otra manera ya que la percepción y la comprensión de la historicidad de una comunidad, de la cultura y de la misma Iglesia dependen -aunque no exclusivamente-de la memoria que el sujeto haya desarrollado a partir de su experiencia, del modo como acostumbra a interpretar el mundo y juzgarlo y de las expectativas que tenga frente al porvenir.

Junto a esto, las certezas y dudas que desafían nuestro presente constituyen también la trama de la capacidad de intelección e interpretación de los hechos históricos que cada sujeto tiene.

De allí que antes de entrar a analizar el proceso histórico eclesial desarrollado en el territorio santafesino a partir de la tercera década del siglo XVI me parece indispensable algunas consideraciones acerca de los criterios interpretativos o hermenéuticos que nos ofrece este tiempo que nos toca vivir.

Considero que la cuestión fundamental está representada por el reconocimiento de quién es propiamente el sujeto de la historia ya que las ideologías nacidas del racional –iluminismo han ofrecido distintas interpretaciones de la historia –contrapuestas incluso las unas a las otras-, que sin embargo han tenido como característica la negación o el ocultamiento de la persona humana en su calidad de sujeto de la historia.

No es que en ellas no haya referencias a la persona humana, pero no es Ella la que transforma la historia, sino el estado, el mercado, las clases sociales, el partido o las vanguardias iluminadas por no citar sino a algunas.

De esta manera, el juicio sobre los acontecimientos históricos se ha realizado y realiza desde los modelos imaginados acerca de la mejor sociedad a lograr y se ha desechado la posibilidad de analizarla desde la experiencia de testigos que han reconocido la presencia de Dios en sus vidas.

La aplicación de tal o cual juicio sobre el pasado arroja una visión completamente diversa sobre el mismo, como también una proyección distinta acerca del futuro.

En definitiva esto es lo que está en juego cuando se evalúa la presencia del cristianismo en nuestro continente y en nuestra región, por lo cual debemos clarificar cuales son los criterios interpretativos que pueden sustentar una lectura de nuestra historia como pueblo –tanto político como religioso- desde la experiencia de fe de la Iglesia.

Debemos preguntarnos si es posible interpretar nuestra historia a partir de un paradigma estructuralista o funcionalista, cuando este obliga a disolver al hombre en los condicionamientos sociales antes que a constituirlo desde el misterio o desde una visión secularizante, cuando esta ve en la Iglesia solo a un actor político y social (un factor de poder) en competencia por el liderazgo de la sociedad con otros actores sociales .

Sin descartar los aportes de las ciencias sociales, considero que interpretar los acontecimientos históricos desde las perspectiva de aquel que se ha abierto en su vida a la gracia de Dios –mas allá de aciertos y errores- nos ayuda a objetivar la presencia de la Iglesia como sujeto histórico encarnado en medio de nuestro pueblo y nuestra cultura.

De hecho, la Iglesia es el único sujeto para quién el Reino de Dios no es una categoría de análisis, una teoría o un modelo pasible de ser aplicable, sino que constituye el misterio de su propia identidad .

Esto no significa que no haya otros sujetos históricos que formulen conceptos parecidos y que los utilicen en un sentido analógico o alegórico para evaluar la marcha del mundo o para suscitar la esperanza, o como contrapartida para significar la existencia de una ilusión piadosa para consolación de los que sufren o para designar una falsa conciencia de la condición humana.

Pero para la Iglesia -que ha sido constituida en sacramento de la unidad del hombre y Dios y de los hombres entre sí -, el Reino de Dios evoca la realidad que ella está sacramentalmente llamada a hacer presente en el mundo y en la historia.

Bien se nos podrá objetar que la Iglesia como sujeto histórico no es aún la Jerusalén del cielo –ya que sigue siendo una comunidad de pecadores redimidos-, sin embargo su realidad sacramental constituye desde ya una presencia y anticipo del Reino.

Esto es lo que explica que nuestros interrogantes acerca de los acontecimientos históricos, están ligados indisolublemente a los que tienen que ver con la presencia de la Iglesia en medio de nuestros pueblos.

Las tendencias mas secularizantes de nuestra sociedad han querido, y no causalmente, separar el anuncio cristiano de la presencia de la Iglesia –Pueblo de Dios - como sujeto histórico .

Si bien pueden aceptar lo que entienden como ‘núcleo racional’, esto es una expresión de moralidad depurada de todos aquellos elementos que consideran como herencia mitológica y arcaica y que lo constituyen las creencias y las expresiones del catolicismo popular, no les parece igualmente aceptable o rescatable la presencia real e institucional de la Iglesia.

Para ellos la Iglesia se ha vuelto un entidad obsoleta y que en algunos casos ni siquiera merece ser estudiada ya que el mundo real se constituye por otros actores que van desde el mercado –hoy de nuevo cuestionado- hasta las fuerzas políticas y los movimientos sociales.

Lo que la Iglesia tiene para anunciar, desde Pentecostés hasta nuestros días lo consideran como irrelevante o prescindible y de allí ciertas propuestas de adecuación a los nuevos tiempos que implicarían un verdadero vaciamiento de su identidad, lo que sí, la volvería verdaderamente irrelevante o solo útil para tareas propias de ONG’s.

Esto implica la negación a la Iglesia de la posibilidad de hacer una interpretación de la historia humana y eclesial desde si misma, a la par que se le impone el sometimiento a las interpretaciones que otros actores hacen de la historia, que en nuestro tiempo parecen estar determinadas por el éxito logrado en el funcionamiento de las estructuras, sean estas económicas o sociales.

Este criterio de interpretación no es privativo de quienes sostienen posturas anticatólicas, antirreligiosas o agnósticas sino que ha penetrado entre los mismos cristianos, al punto que –con motivos diversos- analizan a la Iglesia como si fuese uno mas de los actores de la vida moderna, con el agravante que consideran que poco puede ya decirle a una sociedad que se estructura en base a criterios funcionalistas y con prescindencia de la experiencia religiosa.

Entendemos que la mayoría de los cristianos que han adoptado este punto de vista no pretenden de manera deliberada y consciente secularizar el cristianismo o convertir a la Iglesia en un protagonista político o social (aunque en algunos casos esto sea así) sino que en vistas al compromiso ordenado a solucionar los problemas que afligen a tantas personas, han absolutizado el lenguaje socialmente vigente.

En esta visión se resiente la dimensión sacramental de la presencia de la Iglesia en la historia y su capacidad de interpretar los hechos con validez objetiva para todos los hombres, por lo cual termina convirtiéndose para muchos en una especie de marco referencial, fuente de inspiración, depositaria de principios y de argumentos permanentes y generales pero que deben ser actualizados con el lenguaje propio del cientismo social si quiere ser eficaz.

Juan Pablo II desde los inicios de su Pontificado y en continuidad con el Concilio Vaticano II nos ha invitado a interpretar los signos de los tiempos y los acontecimientos históricos que tienen al hombre como protagonista principal desde la perspectiva que ofrece el ‘misterio del Verbo encarnado’ , tanto por su valor intrínseco –como verdad en si misma- como por la urgencia pastoral que ella pone de manifiesto en el marco de una cultura que restringe la validez de la Revelación exclusivamente al ámbito privado.

El respeto a las otras visiones sobre la persona humana reivindicada por el Concilio para muchos ha significado que la Iglesia debe renunciar a la objetividad de la verdad y del acontecimiento cristiano, con lo cual la novedad evangélica sería una especie de ‘addenda’ a la verdad que el hombre ya ha descubierto por si mismo.

De este modo, si el cristianismo es solo una expresión mas -tal vez la mejor o superior- de las diversas visiones sobre el hombre, como podría la Iglesia pretender hacer una interpretación de la historia desde la misión que le fuera encomendada, o mas grave aún, referir todos los acontecimientos históricos al único acontecimiento del que solo Ella puede y debe dar testimonio: la muerte y resurrección de Cristo.

Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia ha venido refiriendo los hechos históricos a su misma presencia en el mundo y en esta línea se ha manifestado el Episcopado de América Latina con el llamado documento de Puebla, el de nuestro país con el Documento ‘Iglesia y Comunidad Nacional’ y por supuesto el extinto Juan Pablo II.

En todas estas expresiones magisteriales nos vamos a encontrar con una interpretación de los signos de los tiempos, no desde fuera como quien asume la condición de ‘observador imparcial’ y en nombre de un pretendido ‘objetivismo’, sino desde dentro, desde la pregunta por el hombre y por el sentido de su destino, desde la historicidad que la Iglesia hace suya cada vez que se encarna en las culturas particulares.

A pesar del tiempo transcurrido en el que se ha venido manifestando la ‘autoconciencia eclesial’ respecto a su presencia en la historia de nuestros pueblos, queda la impresión que este criterio interpretativo para los acontecimientos históricos no ha sido suficientemente asumido en las comunidades cristianas (Parroquias – Movimientos – Escuelas- Universidades) al punto que en el Directorio Catequético General publicado por la Sagrada Congregación del Clero en 1997 señalaba que una inadecuada presentación de la historia de la Iglesia se encontraba entre los problemas que subsistían en materia de contenidos catequéticos .

Y esto es lo que considero, debemos revertir en todos los ámbitos de nuestra actividad docente.

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