miércoles, 13 de febrero de 2008

LA VIRGEN CORONADA

Pbro. Edgar Stoffel

Al poco tiempo de su llegada a Santa Fe en el año 1898 para ejercer el pastoreo de esta Iglesia particular erigida el año anterior por el Papa León XIII, Mons. Juan A. Boneo -porteño de pura cepa y amoroso devoto de Ntra. Sra. de Luján- se encontró con la advocación de Guadalupe, a la cual viejos y nuevos santafesinos le profesaban profunda veneración.

A partir de entonces, esta devoción comenzó a ocupar un lugar central en la elaboración de su proyecto pastoral, siendo su primera decisión conseguir del Sumo Pontífice que nombre a la misma como Titular de la Diócesis en lugar del Papa San Gregorio VII y que la Sagrada Congregación de Ritos autorice que su celebración continúe el III Domingo de Pascua tal como se hacía desde 1870.

Obtenidas estas prerrogativas, profundiza su 'opción guadalupana': coloca el Santuario bajo su gobierno y nombra un Capellán permanente y estable en febrero de 1900, se encomienda -al final de la Carta de Cuaresma del 19 de ese mismo mes- a su protección y su celebración el domingo 29 de abril.

Éstas y otras situaciones estarían seguramente en la mente del Obispo cuando al escribir el Edicto de Convocatoria a la Primera Peregrinación Diocesana afirma que desde que tomó posesión, al observar la devoción a la Virgen de Guadalupe de parte del rebaño que el Señor le había confiado, "... no cesamos, entonces, de promover por todos los medios a nuestro alcance tan hermosa y saludable devoción, prenda segura y fuente perenne de bendiciones".

El 19 de agosto de 1900, Mons. Boneo convoca a la Peregrinación de toda la Diócesis que debía concretarse el 14 de octubre, ocasión en que se jurarían los nuevos Patronos concedidos por la Sede Apostólica.

Las disposiciones contenidas en la misma ponen de manifiesto que no se trata de un acto religioso más -aunque fuese el más importante- sino de un verdadero proyecto pastoral, ya que compromete a todas las Parroquias y Capellanías de la Diócesis, las cuales deberían participar de la misma a través de delegados o de la manera conveniente.

Pero, lo más importante es que la participación de este evento no es privativo de los que puedan llegar al Santuario, sino que afecta a todos los católicos en sus propias comunidades, en las que y con ocasión de la misma, deberán ser catequizados al respecto.

El Obispo entendía que el Santuario constituía para los peregrinos un punto de llegada y de encuentro con el Señor y su Santísima Madre en un marco eclesial bien definido, donde su presencia de Pastor de toda la grey es insoslayable, y al mismo tiempo centro de irradiación espiritual que debe alcanzar a los más lejanos.

Tras la jura -verdadero acontecimiento movilizador- y año tras año, además de la tradicional peregrinación que se continuará llevando a cabo los III Domingos de Pascua, el Obispo llevará adelante una serie de emprendimientos que pondrán de manifiesto la centralidad de Guadalupe para la espiritualidad santafesina: restauración artística de la imagen de bulto, y traslado al Santuario; aprobación de una Comisión destinada a proveer la sustentación del Capellán y al establecimiento del Santuario y necesidades del culto; aporte de su peculio de $ 5.000 para la compra del terreno lindante a la capilla; una serie de reformas para adecuarlo a un culto que quería pasar de lo privado o semipúblico a lo diocesano; solicitud a la Santa Sede de gracias especiales para el Santuario y los peregrinos que lo visiten; establecimiento de la Cofradía (luego Archicofradía) de Ntra. Sra. de Guadalupe; construcción de la residencia del Obispo (hoy casa parroquial) y por sobre todo, la convocatoria, en 1904, a la construcción de la actual Basílica y la instalación del Seminario diocesano en inmediaciones del Santuario en 1907.

Junto al empeño y empuje del Obispo, será de fundamental importancia la respuesta de la feligresía católica, esparcida en el vasto territorio diocesano, que aportará su óbolo para que en el año 1910 se hiciese realidad "... la torre gótica bebiendo la luz virgen de altura y como un índice que señalaba el rumbo al Cielo./ No sólo la torre; toda la gran fábrica de ojival estilo que destacábase, en efecto desde muy lejos" en el decir poético de A. Durán.

A partir de entonces, no dejó de crecer la devoción a la Virgen de Guadalupe a la par que se consolidaba la identificación de los hijos de los inmigrantes suizos e italianos con esta advocación, en tanto relegaban las que sus padres veneraban en la intimidad de los hogares o en algún altar de los templos surgidos en las colonias.

Al comienzo de la década del 20, la Virgen de Guadalupe es un elemento fundamental del "imaginario católico" santafesino -baste ver su centralidad en las movilizaciones en torno al rechazo a la Constitución de 1921- y su devoción pone de manifiesto la consolidación de la obra pastoral comenzada a fines del siglo anterior, razón por la cual el ya anciano Obispo considera que ha llegado la hora de solicitar para la imagen venerada el reconocimiento Pontificio, lo que se concreta en 1924.

La coronación de la imagen es una distinción que se concede a aquellas advocaciones que han adquirido celebridad por su antigüedad o sus milagros y a mediados de 1927 se anuncia la concesión papal, dándose inicio a los preparativos para una celebración que se esperaba "apoteótica", comprometiéndose en tal empresa no sólo la Jerarquía, el clero, los religiosos y religiosas y el laicado más cercanos a la misma, sino también el pueblo más sencillo, el cual de manera masiva haría llegar sus aportes para la confección de la Corona.

Para este fin se constituyeron comisiones a nivel diocesano y en la mayoría de las Parroquias que se ocupaban de organizar y difundir el evento, y de recolectar las donaciones que iban desde alfileres de corbata hasta fuertes sumas de dinero en efectivo, pasando por joyas de gran valor y algunos pocos centavos.

El domingo 22 de abril de 1928, fue el gran día en el que los católicos santafesinos, y también, algunos que no lo eran tanto pero no querían permanecer ajenos al acontecimiento, compartieron su devoción a la Virgen con la Iglesia Universal representada por el Nuncio Apostólico Mons. Cortesi, quien tuvo a su cargo la coronación en nombre de Pío XI; la Iglesia de Argentina representada por varios miembros del Episcopado y por si esto fuera poco, una delegación de la Iglesia de México portadora de la bandera que todavía se puede observar en la Basílica y que en esos momentos sufría una feroz persecución.

Junto a éstos, representantes del gobierno, de diversas instituciones sociales y del mismo Ejército argentino, lo cual refleja la crisis del liberalismo que a partir de finales del siglo XIX había laicizado la sociedad a través de un inteligente proyecto educativo instalando la distinción entre "ciudadano" y "católico" y la negación o al menos la marginación de lo religioso en la vida cultural y social.

Las repercusiones de las celebraciones cuya descripción llevaría varias páginas, tuvieron gran eco en la prensa que hablan de la "lucidez" de las mismas (El Orden), "caracteres de gran solemnidad" (La Prensa), "emocionante cuadro" (El Litoral), "acontecimiento religioso nacional" (La Razón), "gran acontecimiento" (El Heraldo), "devota unción de un público nunca registrado aquí" (Nueva Época) y del "cuadro magnífico de la coronación" (El Pueblo).

El Litoral, 12 de febrero de 2008